Los Aturdidos Medios de Comunicación

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Antes de que la purga digital nos dejara a todos con los pantalones abajo, existían pocos medios de comunicación que nos facilitaran llegarle a los jóvenes. Hoy es la misma vaina, nada ha cambiado. Hoy tenemos también pocos medios para atraer a los jóvenes, y los jóvenes, ahora más que nunca, tienen menos ingresos disponibles. Así que aunque los medios están a disposición de todos, la función de los medios continúa siendo la de cultivar una audiencia que mañana, cuando tenga una hipoteca, carros, hijos y, ojalá, una carrera profesional, vea en los medios de comunicación una fuente cotidiana de información.

La gratificación instantánea también nos ha dejado a todos colgando de una pata, pensando que cada mensaje no sólo merece una respuesta sino también una respuesta inmediata. Y que la respuesta merece reciprocidad, sin importar la hora del día, de la noche, si estamos a quince mil pies de altura, o en Playa del Carmen descuartizando un mero frito. Hoy tenemos la colección de conversaciones más grande de la historia que no merecen documentación, y somos juzgados por toda esta algarabía, este Rashomon que le hemos regalado a la corporación a cambio del éxtasis de la gratificación instantánea: nuestra amígdala cerebral no puede hoy estar más a merced de falsas alarmas.

Las ondas sísmicas de las nuevas generaciones de latinos, aquellos hispanos que habrán de doblar el fuete político con la píldora sistemática del voto, también dejó a Washington rascándose la cabeza. Así que los partidos políticos establecidos hoy ya andan como bestias amedrentadas por un rayo. La industria, los grandes y pequeños empleadores, también hoy caminan encorvados preguntándose ¿cómo hacemos para lograr a estas nuevas generaciones latinas, hacer de estas nuestras fieles consumidoras? Y la fe la ponemos en la fusión del sistema tradicional y el empuje metamórfico que traigan estas nuevas corrientes. De los jóvenes hispanos se sabe de todo y, al cabo, nada; porque aunque les tenemos estadísticas, les hablamos en un spanglish barato y les embutimos productos y servicios como si fueran chorizos para luego curarlos bajo el sol pérfido de la inclusión.

Y es durante las elecciones parlamentarias que se entran a cuchillo los políticos, como en la vieja Roma; a nadie le interesa tanto que los medios puedan llegarle a los jóvenes latinos como a los partidos políticos. La industria de los medios de comunicación hace los estudios, las inversiones, se movilizan, crean, expanden, y finalmente llegan a la esquina que veían venir: el cuento de llegarle a los jóvenes hispanos es un cuentico de más de tres mil páginas. Toca cultivarlos para cuando lleguen a la edad de los 34 a 54, toca plantarles la idea de la educación, de ir a la universidad para que logren mejores ingresos en su edad adulta—si es que la desigualdad no se los traga vivos antes del amanecer—. Mientras tanto, el ganso de los huevos de oro de los medios es vender su audiencia latina a los partidos políticos, y vender a muy alto precio, porque las campañas políticas están dispuestas a pagar un dólar por ganarse un centavo del voto hispano.

Ganarnos los jóvenes hispanos no es una conspiración—aunque sí la es, pero no le cuenten a nadie, por favor—, es solo que las economías de mercado buscan sobrevivir a todo vapor esta lluvia de cascajo. A diario conspiramos en contra de nuestros adversarios, y el vencedor llena sus arcas de joyas hermosas, joyas  tan hermosas como las mujeres más exclusivas y los muchachos más guapos, como en la vieja Roma.

La fuerza disruptiva es bien conocida, sabemos que los jóvenes latinos tienen un aparato en los bolsillos que usan para «facebookear» hasta que se pasan su última luz roja. Este desorden intestinal que experimentan los publicistas, los empresarios, los medios, es la cosecha jugosa del campesino y su azadón. Mark Zuckerberg nos tiene a todos como ropas al viento, expuestos al mundo para que el mundo nos encuentre, y adictamente volvemos a diario a la tierra prometida de Mark. Las redes sociales en línea son un mosco en el oído que nos aísla de nuestros amigos, amigos con los que, irónicamente, nos pusimos una cita usando las mismas redes que nos ausentan.

En aquel punto escalofriante donde el río análogo se hizo un delta digital, los medios de comunicación le apostaron a la ideología de automatizar sus producciones y emplear con sueldos paupérrimos a  profesionales jóvenes que desplazaron, y continúan desplazando, a aquellos profesionales veteranos que se quedaron embistiendo molinos de viento. Las tecnologías móviles se robaron la humanidad; hoy somos una órbita de zombis zonzos tropezándonos en las calles, y los medios buscamos poblar la internet con anzuelos que ensartan la atención de un mundo enfermamente distraído. Los medios tradicionales han sacrificado la calidad de su contenido con la visión superflua de convertirse en la nota viral del día. Si nuestra señal no se diferencia del ruido, si nuestro contenido no brinda una función muy superior a las sandeces que pueda publicar cualquiera, entonces ¿cómo carajos vamos a sobrevivir los medios de comunicación?

.

..

.

..

.

Un Nombre

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

“A Jay Torres lo esperaron en la esquina, no para matarlo, sino para recordarle que todos los plazos se vencen. Pero no fue así, a Jay le robaron sus días esa mañana en que parqueó su be eme doble u y caminó sin pensar hacia su trabajo; él vio un revólver en las manos de una cara familiar que despreciaba, se lanzó a buscar el suyo en el cinturón, y el resto fue una algarabía de voces altas, solicitudes ignoradas, y un par de disparos seguidos por dos hombres corriendo en direcciones contrarias. Aunque a los asesinos de Jay los arrestaron, Jay se quedó muerto. Hay cosas irremediables.”

El escritor de estas líneas terminó este primer párrafo y decidió que aunque lo iba a cambiar, mantendría la idea fantasmal de un asesinato improvisado. A Jay le costaba mucho trabajo lograr nombres para sus personajes de ficción, ya que cada nombre de alguna manera le recordaba a alguien incluido en una de sus columnas periodísticas en el diario local; es difícil describir la ficción cuando la realidad se ha robado todos los nombres. Así que Jay Torres siempre escribía acerca de Jay Torres, y luego, cuando la pluma se detenía, remplazaba su nombre con otros que se parecían al rostro de cada personaje: el suyo bajo condiciones diversas.

Ese día en que describió su propia muerte, o la muerte de ese hombre con su rostro pero de nombre y apellido distintos, a Jay le asignaron una historia mediocre que requería una gran inversión de tiempo; era una de esas asignaciones aburridas que le llegan a los periodistas los lunes. Salió de su casa en un afán inventado y se detuvo de golpe a pensar en a quién carajos iba llamar para agregarle un ángulo a la noticia; quería hacer entrevistas, tomar unas fotos, y sentarse a escribir metódicamente un artículo promedio para lectores desinteresados en la vida común y cíclica de los inmigrantes indocumentados. <<Semejante día tan bonito,>> se dijo a sí mismo Jay, <<Y yo persiguiendo esta noticia de mierda>>. Miró los pájaros arropados por el sol en las cuerdas de un poste y sintió el calor del verano que pateaba una primavera majadera y decadente. No supo qué lo puso a desnivel esa mañana de fin de Mayo, si tomarse un sorbo de café salobre al confundir el azúcar con la sal, o leer las últimas noticias de la narcoviolencia mexicana, o levantarse a escribir su propio asesinato. Lo que sí supo, sin embargo, fue que el teléfono que le compartió temprano ese día el director editorial era la primera pista a seguir para redactar su nota.

Tan pronto marcó el número en su teléfono se volteó a mirar una vez más los pájaros bajo el sol, y mientras los miraba fijamente, como quien mira una nube en forma de tortuga, el teléfono repicaba. Al otro lado de la línea contestó una mujer de voz amarga. Jay cerró un ojo para escoger mejor sus palabras, se presentó formalmente y preguntó por el nombre adjunto al teléfono. Hubo un gran silencio, interrumpido de golpe por la mujer hablando sin parar y entrecortada; Jay intentó decirle una y otra vez a esta mujer que no la escuchaba bien, que había problemas de conexión, pero ella seguía hablando cada vez más alto, en un crescendo alarmante, hasta llegar a una conclusión que Jay jamás escuchó, y que luego, así como este discurso sordo inició, también terminó. La mujer cortó la llamada y Jay no supo qué dijo. Pensó en llamarla de nuevo, pero dudó en hacerlo, ya que le pareció escucharla decir entre tanto vaivén que <<estoy cansada que me hablen>> y que <<yo no vuelvo a hablar con nadie>>. Pero todo buen periodista es necio, así que Jay la llamó una vez más. Nadie contestó. Esperó unos minutos y volvió a marcar el teléfono. Nadie contestó. Buscó los pájaros una vez más pero ya se habían perdido en el susurro oceánico del área metropolitana de Dallas. Jay recordó los pájaros tomando el sol en los cables, embelesando la mañana con sus cantos de dinosaurios diminutos, saludando al infinito sacudiendo las alas extendidas y luego tremolando encogidos como quien se sacude el polvo de la Luna. Jay se disgustó consigo mismo, nadie debía morir en una esquina, ni en este mundo real ni en el de la ficción de un periodista. Sintió la estática del error, o de haber cometido uno, y regresó a su casa con la parsimonia de una botella en el fondo del mar.

Encendió su tableta electrónica y coincidió con la llegada de un correo de su colega Rebecca Aguilar invitándolo a apoyarla en su candidatura como Vicepresidente de Internet del National Association of Hispanic Journalists. A Jay no pudo importarle menos la petición de Rebecca. Aun así redactó la carta de apoyo con la meticulosidad de un micrógrafo; no era cuestión de apoyarla, era cuestión de matar tiempo antes de volver a llamar a la mujer que se negaba a hablar con él. Redactando el mensaje, se acordó de un video creado por un anónimo sin huevos, que fue publicado en YouTube y que atacaba abiertamente a Russell Contreras, el actual Oficial Financiero de esa asociación de periodistas. Jay se tropezó con el video cuando Hugo Balta lo difuminó en Facebook, y al verlo encontró el ejercicio audiovisual un tanto vulgar, no con Russell, sino con los miembros de la organización. Jay no gusta de las negative campaigns, le parecen una hipérbole aburrida y sanguinaria, una convocación a remplazar las faltas humanas del pasado por las incertidumbres del futuro. <<¿Y la sociedad, qué?>>, se dijo a sí mismo poniéndose de pie y dando arranque a uno de sus tantos monólogos habituales fugaces, <<Buscan venderle una imagen a blanco y negro a los votantes. No hay grises, todo es un contraste pérfido>>, como en Alphaville. <<Yo voy a votar por quien me muestre los grises… ¿Pero los grises de quién?>>, se preguntó a sí mismo una vez más en tono bajo, sentándose, como un narrador omnisciente que cuestiona su saber. Tecleó su nombre e información como firma digital, envió la carta a los correos electrónicos que Rebecca le indicó, y se dispuso a llamar de nuevo a Alma Ramírez.

Es raro que a Jay no le hablen o lo desprecien. Las reservas que la gente tiene contra él no son nacidas de su personalidad sino de su tarea como periodista, así que Jay siempre muestra su lado humano antes de desembolsar la porra de su labor. <<Los periodistas son seres empecinados en la búsqueda de la verdad aunque sea por los medios de la mentira>>, se dijo alguna vez y desde entonces siempre recordaba la frase como una falacia curiosa; al señor Torres le costaba trabajo lidiar con aquel hombre noble de sus monólogos y aquel profesional arrollando palabras y entrevistas para luego publicarlas en el Diario La Estrella. Antes de cada párrafo, de cada inserción de datos vitales para sus historias, él piensa en sus personajes leyendo su reporte, se los imagina retorciendo el semblante, tanto en disgusto como en admiración, releyendo las partes sensibles y excusando los rellenos transicionales. Detrás de cada hecho hay un momento definido, lo mejor de nosotros se refleja en lo que hacemos, y es lo que los otros hacen lo que llama a Jay a insistir en Alma Ramírez. El plazo propuesto por su editor no estaba cerca, tenía aun horas para persuadir a Alma, para seguir las huellas de su historia, aunque fuera una historia despreciable, aunque le tocara lograrla por los medios de la mentira. En esta ocasión Alma contestó el teléfono, su voz apenas se escuchaba en la línea, y para ella ya nada importaba. Alma acababa de enterarse que a su esposo lo deportaron esa mañana; en su casa solo quedaba una pérdida irremediable. Raúl Flores se quedó deportado como Jay Torres se quedó muerto.

Jay entrevistó por teléfono a Alma, le hizo preguntas imbéciles que él mismo pudo haberlas respondido, pero que la naturaleza de su trabajo como reportero lo forzaba a plantearlas. Luego vino por inercia el desconcierto, los hechos que hacen del existencialismo pernicioso de los periodistas una forma de vida como ninguna otra. Jay escuchó por teléfono una explicación que Alma apenas pudo hacer concebible: a Raúl Flores lo deportaron solo de nombre porque Raúl Flores aun estaba en Estados Unidos, y fue su hermano gemelo, un ciudadano americano, el esposo de Alma, el que ocupó el lugar de su hermano para evitar lo inevitable. A Alma le pareció la estrategia de su esposo absurda y peligrosa. Que Alfonso Flores, su esposo, llegara a México y reportara una deportación ilegal reclamando que fue ignorada su ciudadanía, que en medio de la redada del servicio de inmigración se cambiara de afán los papeles con su hermano para darle una segunda oportunidad de seguir en la tierra donde es americano tener un sueño, que dejara sus hijos solos y sin quién pague los recibos para amparar a su carnal, que la dejara sola con tantas llamadas de los medios de comunicación preguntando tanta pendejada y ella sin saber qué decir y para qué y con los niños llorando en pañales embarrados, que se fuera y la dejara sola, repetía, y que Raúl se fuera de Texas para Oklahoma a escampar el horror de la verdad y la dejara sola así no más sin pensar. Y mientras Alma narraba su desgracia, Jay sonrió con sus ojos de la manera en que sonríen los reporteros cuando descubren que su asignación ya no es una historia de mierda sino un verdadero reportaje, una fábula real de este planeta.

Así fue como Jay Torres se involucró en la vida de los Ramírez y los Flores, escribiendo, desde la margen de la realidad de los inmigrantes del dos mil doce, una realidad que tanto se parece a la peregrina esperanza europea de hace doscientos años. Para entonces la mañana salpicaba las hojas de los árboles con joyas de luz, la brisa se detenía empañando el aire como un preludio, el prefacio de un verano más caliente que los ojos latinos de Alma, encerrada en la ironía del amor y del olvido. Ese fin de Mayo a Jay le pareció ya Junio, secándose el sudor de la cara, tocando con el revés de sus dedos su barba gris que no paraba de estorbarle las ideas, escribiendo mamarrachos, destemplándose los pantalones antes de sentarse a descubrir a fondo este destino de otros en un país en el que rugen los pros y los contras como dos trenes sin frenos en rieles eternos que jamás se encuentran. Jay vio el fin de su historia antes de escribirla. Tenía punto final, tan solo faltaba la obertura seguida por el heroísmo, la tragedia, el encanto de unos personajes reales poseídos por la furia de un destino que insisten en dominar sin riendas sueltas, mordiendo la mordaza hasta romperla, sentenciados a reconquistar lo conquistado en otros tiempos. Porque el muro de la frontera con México puede ser muy alto, pero las generaciones futuras habrán de recordarlo como un Berlín, y en la Red habrán de vender sus pedazos en cubos de cristal a dos noventa y nueve, y todas las embajadas estadounidenses tendrán uno expuesto como memoria inefable de nuestra historia americana. Jay vio el punto final, le faltaban solo las palabras iniciales. Se hizo una cita con Alma y ella lo esperó puntual en la puerta de su casa.

Referencias:

Diario La Estrella : www.diariolaestrella.com

Alphaville (1965), de Jean-Luc Godard: Alphaville

Aquel Telégrafo Llamado Facebook

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

A mediados del siglo veinte y durante sus dieciocho años cultivando tabaco en Colombia, mi abuelo Rodolfo, ayudado por familia y amigos, cosechó con sus manos, en uno de los lomos pedregosos y faustos de la cordillera nororiental de los Andes santandereanos, suficiente tabaco como para darle de fumar un cigarro a más de un millón de personas, el equivalente hoy en día a dos veces la población de Luxemburgo o la población entera de la ciudad de San José, California.

Mis abuelos crecieron en tiempos donde las noticias llegaban con el viento, la lluvia, el cultivo, y los viajeros. Mis padres crecieron en tiempos donde el telégrafo era aún un cable milagroso que galopaba palabras, letra por letra, de poste en poste, por las serranías impenetrables de Colombia. Y yo crecí en un país en donde todo medio de comunicación que fue revolucionario en su tiempo aún unía familias y concretaba negocios a distancia.

Varias veces por semana vi a mi padre redactar cartas en una máquina metálica pesada, de marca Remington. Su sonido fabril era de una belleza exquisita, y este me deleitaba por horas al son de la marcha magistral de los tipos arrollando el papel contra el rodillo. De vez en cuando, mientras mi padre hundía sus  dedos grandes y cuadrados en el teclado, el acto de redacción se veía interrumpido con un <<¡Jueputa!>> que nunca perdió sorpresa y temple, incluso después de décadas cometiendo similares errores mecanográficos. Las máquinas de escribir mecánicas poseían el poder de dar a cada palabra un sentido más certero, honesto y predecible; cada palabra era una obra de arte.

Hace un tiempo atrás mi padre me preguntó con expectativa: <<¿Julián, qué es Facebook?>>. Y Yo le contesté con una sola frase, en un contexto histórico que ambos compartimos: <<Es un directorio telefónico del siglo veintiuno>>. Mi explicación le llamó la atención puesto que hoy, en este tiempo en que escribo estas frases, existen pocas publicaciones más despreciables que un directorio telefónico estorbando en un rincón de la casa. Directorio telefónico que llega a nuestra puerta, directorio telefónico que se va a la basura en la misma bolsa en que llegó.

Yo crecí en un tiempo donde los directorios telefónicos se guardaban e idolatraban como enciclopedias británicas. Y el día en que el nuevo directorio telefónico llegaba a nuestra puerta, no solo nos cerciorábamos de estar listados correctamente en él, sino también le dejábamos saber al resto de la familia con un tono informativo que <<el nuevo directorio telefónico llegó hoy>>. Esos monstruos de cientos de páginas fueron usados en mi casa para hacer levantamiento de pesas, como apoyo para bajar tiestos fuera de nuestro alcance, y para que mi hermano me diera en la cabeza mientras yo jugaba a las canicas sobre las baldosas frías.

No era para menos que mi padre hallara interés en el tema. A diferencia del directorio telefónico, en Facebook yo decido instantáneamente qué información hago pública. En el caso del directorio telefónico, la información impresa se quedaba en el papel, y las actualizaciones llegaban, si bien, una vez al año. Si hubo un error tipográfico, si la dirección quedó con el número equivocado, si el teléfono listado ya está desconectado, si soy encontrado por el apellido materno o con el apellido de mi ex-esposo, había poco por hacer para solucionarlo. En los tiempos del directorio telefónico, si alguien quería encontrarme, sabía dónde buscarme. Y si en esta dirección yo ya no residía, algún vecino habría de dar información de mi paradero. Como en Facebook, el directorio telefónico podía pasar del júbilo a una maldición quimérica.

A veces, cuando son las cuatro y media de la madrugada y Morfeo me ha desterrado de su impávida gloria, pienso en medio de la oscuridad en la palabra privacidad. Pienso en lo indeseable que sería que un extraño irrumpiera a esas horas en mi cuarto llevando nada más que un sombrero azul, zapatos verdes, y una gran lupa con poderes clarividentes. Pienso en que este extraño me examina como si fuera un animal enfermo en una clínica veterinaria. Me siento asustado, expuesto, solo, y rumbo a la muerte. Pienso en el latido en mi pecho, en el momento exacto en que ya no respiro. Luego me imagino tomando un bordón medieval mágico y usándolo como definición última para defender mi privacidad. Jamás invité a este extraño a entrar a mi casa, pienso; merece ser achicharrado en medio de conjuros y destellos.

A veces, cuando son las cuatro y media de la tarde y los medios relinchan titulares que demonizan problemas de privacidad en Facebook, me asombro pensando que existe gente que se preocupa por mantener la privacidad de la información que se entregó voluntariamente sin pagar o cobrar un solo dólar a esta red social. Me pregunto, ¿qué podemos esperar de una agencia de publicidad que se enfoca en hacer dinero a base de los datos personales que proveemos voluntaria y comedidamente? Nuestra forma de pago es hacer uso de la red social y recibir publicidad demográficamente relevante. Facebook ha reducido a la capacidad de sus funciones a millones de seres. En el Muro estamos definidos por la insípida gracia de unas cuantas herramientas virtuales. No, esto último no es cierto.

Facebook ha dado poder a todos aquellos que saben usar sus herramientas. Es probable que usted, lector, haya llegado a esta nota por medio de Facebook; según la estadística de WordPress, nueve de cada diez lectores llegan a mi blog porque se enteraron de esta publicación por este medio. Y es que Facebook no es un lugar donde debemos estacionarnos como momias estupefactas; son en estas redes sociales donde se comparten los bits de nuestra era, el debate fornido de la causa y el efecto, donde la palabra, aunque no tenga ya la belleza impresa de la Remington de mi padre, llega más lejos que nunca jamás. Facebook no es el fin, sino el medio. Las jóvenes revoluciones en el medio oriente se encienden y organizan en los medios virtuales para luego ejecutar físicamente el acto de demanda frente a capitolios impecables rodeados de escuadrones militares, gases lacrimógenos, y cauchos en fuego. En los tiempos en que mi padre manifestaba en la universidad su efervescencia revolucionaria aventando piedras contra cuadrillas policiales, era común ensamblar una revuelta de cientos de encapuchados dispuestos a romperle la madre al Estado para asegurar mejores beneficios estudiantiles. Hoy, con la ayuda de Twitter y Facebook, se levantan países enteros a reclamar lo que les pertenece por ley o humanidad.

Las redes sociales son una herramienta, y cómo usamos estas para acortar distancias y concretar planes marca la diferencia entre el individuo de hoy y las mulas cargadas de tabaco que mi abuelo Rodolfo arreaba por valles y caseríos perdidos en un mundo de nadie. No me gusta hablar del pasado con nostalgia; no cambiaría mi tiempo por otro ya vivido y superado por otros hombres. Hoy es nuestro tiempo, y es nuestro deber darle a la sociedad del futuro razones suficientes para no añorar el pasado.

La democracia, y el voto popular ejercido bajo este sistema, alternativamente representan un poder romántico explotado por unos pocos apellidos sentados en la tortuga del poder. La democracia, tal y como la ejercemos hoy, no es suficiente. La economía de hoy, con sus desigualdades épicas y carnívoras, no es suficiente. Se necesita del poder ecualizador de la Red Mundial y sus redes electrónicas sociales para que el mundo análogo donde sangran soldados funcione para los civiles que plantan el sustento del planeta.

Aquellos que temen perder su privacidad en Facebook o Twitter o Google+ o LinkedIn, temen erróneamente porque creen que estos servicios abusan de su poder. Aunque lo anterior es una variable ineludible, creo firmemente que la naturaleza de nuestro temor reside en un mundo paralelo que nos negamos a reconocer: nuestra propia ignorancia. Cuando no sabemos nadar, lo que acelera nuestra muerte por ahogamiento es el miedo. Para empezar un viaje, para cruzar una frontera, para firmar un contrato, para exigirle a un gobierno, para robarle un beso a la miseria, primero hay que extraviar el miedo, y el miedo se vence con la espada bífida de la educación y la imaginación humana.