Los Aturdidos Medios de Comunicación

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Antes de que la purga digital nos dejara a todos con los pantalones abajo, existían pocos medios de comunicación que nos facilitaran llegarle a los jóvenes. Hoy es la misma vaina, nada ha cambiado. Hoy tenemos también pocos medios para atraer a los jóvenes, y los jóvenes, ahora más que nunca, tienen menos ingresos disponibles. Así que aunque los medios están a disposición de todos, la función de los medios continúa siendo la de cultivar una audiencia que mañana, cuando tenga una hipoteca, carros, hijos y, ojalá, una carrera profesional, vea en los medios de comunicación una fuente cotidiana de información.

La gratificación instantánea también nos ha dejado a todos colgando de una pata, pensando que cada mensaje no sólo merece una respuesta sino también una respuesta inmediata. Y que la respuesta merece reciprocidad, sin importar la hora del día, de la noche, si estamos a quince mil pies de altura, o en Playa del Carmen descuartizando un mero frito. Hoy tenemos la colección de conversaciones más grande de la historia que no merecen documentación, y somos juzgados por toda esta algarabía, este Rashomon que le hemos regalado a la corporación a cambio del éxtasis de la gratificación instantánea: nuestra amígdala cerebral no puede hoy estar más a merced de falsas alarmas.

Las ondas sísmicas de las nuevas generaciones de latinos, aquellos hispanos que habrán de doblar el fuete político con la píldora sistemática del voto, también dejó a Washington rascándose la cabeza. Así que los partidos políticos establecidos hoy ya andan como bestias amedrentadas por un rayo. La industria, los grandes y pequeños empleadores, también hoy caminan encorvados preguntándose ¿cómo hacemos para lograr a estas nuevas generaciones latinas, hacer de estas nuestras fieles consumidoras? Y la fe la ponemos en la fusión del sistema tradicional y el empuje metamórfico que traigan estas nuevas corrientes. De los jóvenes hispanos se sabe de todo y, al cabo, nada; porque aunque les tenemos estadísticas, les hablamos en un spanglish barato y les embutimos productos y servicios como si fueran chorizos para luego curarlos bajo el sol pérfido de la inclusión.

Y es durante las elecciones parlamentarias que se entran a cuchillo los políticos, como en la vieja Roma; a nadie le interesa tanto que los medios puedan llegarle a los jóvenes latinos como a los partidos políticos. La industria de los medios de comunicación hace los estudios, las inversiones, se movilizan, crean, expanden, y finalmente llegan a la esquina que veían venir: el cuento de llegarle a los jóvenes hispanos es un cuentico de más de tres mil páginas. Toca cultivarlos para cuando lleguen a la edad de los 34 a 54, toca plantarles la idea de la educación, de ir a la universidad para que logren mejores ingresos en su edad adulta—si es que la desigualdad no se los traga vivos antes del amanecer—. Mientras tanto, el ganso de los huevos de oro de los medios es vender su audiencia latina a los partidos políticos, y vender a muy alto precio, porque las campañas políticas están dispuestas a pagar un dólar por ganarse un centavo del voto hispano.

Ganarnos los jóvenes hispanos no es una conspiración—aunque sí la es, pero no le cuenten a nadie, por favor—, es solo que las economías de mercado buscan sobrevivir a todo vapor esta lluvia de cascajo. A diario conspiramos en contra de nuestros adversarios, y el vencedor llena sus arcas de joyas hermosas, joyas  tan hermosas como las mujeres más exclusivas y los muchachos más guapos, como en la vieja Roma.

La fuerza disruptiva es bien conocida, sabemos que los jóvenes latinos tienen un aparato en los bolsillos que usan para «facebookear» hasta que se pasan su última luz roja. Este desorden intestinal que experimentan los publicistas, los empresarios, los medios, es la cosecha jugosa del campesino y su azadón. Mark Zuckerberg nos tiene a todos como ropas al viento, expuestos al mundo para que el mundo nos encuentre, y adictamente volvemos a diario a la tierra prometida de Mark. Las redes sociales en línea son un mosco en el oído que nos aísla de nuestros amigos, amigos con los que, irónicamente, nos pusimos una cita usando las mismas redes que nos ausentan.

En aquel punto escalofriante donde el río análogo se hizo un delta digital, los medios de comunicación le apostaron a la ideología de automatizar sus producciones y emplear con sueldos paupérrimos a  profesionales jóvenes que desplazaron, y continúan desplazando, a aquellos profesionales veteranos que se quedaron embistiendo molinos de viento. Las tecnologías móviles se robaron la humanidad; hoy somos una órbita de zombis zonzos tropezándonos en las calles, y los medios buscamos poblar la internet con anzuelos que ensartan la atención de un mundo enfermamente distraído. Los medios tradicionales han sacrificado la calidad de su contenido con la visión superflua de convertirse en la nota viral del día. Si nuestra señal no se diferencia del ruido, si nuestro contenido no brinda una función muy superior a las sandeces que pueda publicar cualquiera, entonces ¿cómo carajos vamos a sobrevivir los medios de comunicación?

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El Hospital de los Medios

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Los profesores somos jardineros permanentes, nos movemos de planta en planta, cortamos tallos y dispersamos semillas, damos a los arbustos el agua y arrancamos de raíz las malezas que tanto estorban la búsqueda de la razón. La ignorancia es un niño atrapado en un hoyo, y educarnos  es aprender a rescatarlo. La educación es un proceso realista, es un llamado a ver el mundo con los ojos de los números y la emoción de las certezas, es el acto de desmitificar el mundo usando la piedra de Rosetta del método científico. De todas las labores humanas, la mía es educar el periodista del mañana con las cifras del hoy.

Los profesores vivimos sitiados; la educación es prestada. Y aquel educador que no es estudiante, que no escucha, que no lee ávidamente, que no debate en voz alta, que no está en constante preocupación y que no investiga ni publica, llegará pronto al callejón donde mueren las ratas. Yo mido mi capacidad como educador no por las preguntas que puedo contestar, sino por aquellas que no me atrevo a responder. Cada semestre 88 estudiantes escuchan mis palabras, se guían con ellas en un cuarto oscuro, y me preguntan con tanto interés y energía, que me cuesta no llenar el silencio con respuestas. Pocas cosas me duelen y me alegran tanto como las preguntas que escucho. Me alegra responderlas de la manera más honesta que sé, me duele no poder responder esas tantas otras que llegan a mis oídos con o sin preludios. Para mí pocas cosas valen más que reconocer nuestros límites, entender que las preguntas deben ser respondidas solo por quienes son capaces de hacerles justicia alguna.

Ochenta y ocho estudiantes, todos me miran a los ojos, y en los ojos de mis estudiantes me veo. En algún momento una madre los trajo al mundo, uno por uno, y hoy me confían sus hijos. Me honra saber que alguien me ha encomendado tan importante obra; y es que mis estudiantes provienen de historias distintas, de geografías distantes, de culturas complejas. El ocho por ciento de los estudiantes de la Universidad de Texas en Arlington son estudiantes internacionales, el diez por ciento es de origen asiático, más del veinte por ciento es de raíces hispanas,  el quince por ciento es afroamericano, y casi un cincuenta por ciento es anglosajón. En esta sopa que hierve en el aula, cada condimento representa un reto.

En el huerto del Departamento de Comunicación aprendemos el arte del periodismo haciéndolo. Las facultades de periodismo deben ser hospitales donde los estudiantes diagnostican bajo supervisión los mensajes. La noticia a veces llega gravemente herida, llega al quirófano infectada de opiniones, con datos incompletos, perdiendo sangre inconteniblemente. La  noticia es una mujer que se nos muere en los brazos, y para salvarla de la luz de la muerte hay que aplicarle un torniquete factual, darle una inyección de adrenalina cronológica, sentarla en el libreto de última hora, y llevarla a la audiencia a través del tren taquicárdico de los medios masivos de comunicación. Los periodistas sabemos que la noticia está viva cuando los grandes intereses de un país piden a gritos una dosis de morfina.

El costo de los equipos audiovisuales digitales ha disminuido considerablemente en las últimas dos décadas, y el acceso a las redes digitales ha cambiado el horizonte económico, político y social del mundo. La revolución digital ha alterado el modus operandi de todas las industrias, y esto ha demandado cambios curriculares en los programas universitarios. Así como los diarios se han visto seriamente amenazados por la disminución de su circulación impresa, los programas de periodismo también han visto la relevancia de sus currículos sacudidos por este cataclismo. Un estudio reciente del Pew Research Center encontró que, aunque las noticias por televisión por cable aun lideran como parte de las fuentes de información para votantes, el medio que experimentó el mayor crecimiento como fuente de información para votantes fue la internet. Comparados con las cifras obtenidas en las pasadas elecciones presidenciales del 2008, los periódicos locales y nacionales también vieron un incremento como fuente de información de los votantes pero, aun así, hoy tan solo el 23 por ciento de los votantes reportaron usar los periódicos locales y el 13 por ciento los periódicos nacionales para informarse acerca de las campañas políticas del Presidente Obama y el Gobernador Romney. En el año dos mil el 9 por ciento de los votantes usaban la internet para obtener información; hoy el 36 por ciento de los votantes usan esta para informarse.

El tiempo en que los medios de comunicación tradicionales acaparaban la mayor influencia sobre la audiencia se ha venido derrumbando. Este cambio que han atravesado los medios tradicionales afecta directamente el currículo universitario y desafía las estructuras educacionales establecidas por décadas. La llegada de la Red Mundial ha forzado a los diarios a redefinirse y reorganizarse; es imposible que esto no influencie la forma en que enseñamos periodismo en las universidades, tanto el periodismo impreso como el audiovisual. Redefinirnos y reorganizarnos son actos complejos, especialmente cuando la redefinición y la reorganización de la industria de los medios de comunicación aun no han logrado consensos. Es por esto que las facultades de hoy educan estudiantes para trabajos que aun no existen o no tienen responsabilidades claramente establecidas.

El periodista del mañana está sentado en mi clase (seguidamente distraído por su teléfono inteligente), escuchándome como quien escucha una algarabía en la selva amazónica: proyecto estadísticas y contenido audiovisual, analizo estrategias de edición para poder lograr presentar la noticia antes de que se nos muera en el quirófano, hablo de trayectorias en la tecnología y discuto la importancia que juega dominar el lenguaje a la hora de escribir libretos. <<¡Cuéntenme una historia!>>, les suplico a los estudiantes. En el aula hablo de las nuevas redes electrónicas inalámbricas, de tendencias de contenido que atraen audiencias que difícilmente se monetizan, de las fantásticas, y a veces paradójicas, cualidades de resolución que gobiernan tanto el televisor de los hogares como los aparatos móviles,  de la influencia que mañana tendrán los sistemas de posicionamiento global en la manera que la noticia nos encuentra y el medio que usamos para consumirla… profeso a diario frente a los periodistas del futuro, les expongo el pasado para poner en contexto el presente y predecir lo que habrá de venir, intentando no caer en monólogos fuera de línea con las realidades de una sociedad que aun se arraiga a su radio de baterías cuando tormentas como Sandy se llevan todo al carajo.

En las horas de la mañana, mientras tomo café escuchando las noticias con la admiración de Nipper frente al fonógrafo, no deja de sorprenderme la calidad con la cual hemos logrado llevar las imágenes y los sonidos a nuestros hogares y nuestros bolsillos. Pero con cada sorbo de café evidencio cuanto nos falta por mejorar el mensaje, por presentarlo de manera desasociada con intereses de diversa naturaleza política. Hoy la omnipresencia y velocidad de distribución del contenido ha logrado vencer el proceso adecuado que hace de la noticia una herramienta social y no una metralla de opiniones baratas. La mujer se nos está muriendo en los brazos, y aunque hoy más que nunca se nos facilita montarla en el libreto y llevarla a la audiencia, los ciudadanos han perdido la confianza en los mensajes distribuidos por los medios de comunicación masivos, no con errado juicio. Esta es la pesadilla que a los profesores tanto nos revuelca en la cama.

Al final del semestre varios de mis estudiantes se visten de toga y birrete, celebran su título universitario con una sonrisa profunda como el horizonte en alta mar. Los miro, les leo los gestos, les sigo los pasos, y les doy un adiós que nunca ven ni verán de mí. Y se van. Se van los periodistas del futuro, hoy.

Referencias:

Pew Research Center: Internet Gains Most as Campaigns News Source But Cable TV Still Leads

The University of Texas at Arlington: Fast Facts

Pew Research Center: Press Widely Criticized, But Trusted More than Other Information Sources

Un Nombre

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

“A Jay Torres lo esperaron en la esquina, no para matarlo, sino para recordarle que todos los plazos se vencen. Pero no fue así, a Jay le robaron sus días esa mañana en que parqueó su be eme doble u y caminó sin pensar hacia su trabajo; él vio un revólver en las manos de una cara familiar que despreciaba, se lanzó a buscar el suyo en el cinturón, y el resto fue una algarabía de voces altas, solicitudes ignoradas, y un par de disparos seguidos por dos hombres corriendo en direcciones contrarias. Aunque a los asesinos de Jay los arrestaron, Jay se quedó muerto. Hay cosas irremediables.”

El escritor de estas líneas terminó este primer párrafo y decidió que aunque lo iba a cambiar, mantendría la idea fantasmal de un asesinato improvisado. A Jay le costaba mucho trabajo lograr nombres para sus personajes de ficción, ya que cada nombre de alguna manera le recordaba a alguien incluido en una de sus columnas periodísticas en el diario local; es difícil describir la ficción cuando la realidad se ha robado todos los nombres. Así que Jay Torres siempre escribía acerca de Jay Torres, y luego, cuando la pluma se detenía, remplazaba su nombre con otros que se parecían al rostro de cada personaje: el suyo bajo condiciones diversas.

Ese día en que describió su propia muerte, o la muerte de ese hombre con su rostro pero de nombre y apellido distintos, a Jay le asignaron una historia mediocre que requería una gran inversión de tiempo; era una de esas asignaciones aburridas que le llegan a los periodistas los lunes. Salió de su casa en un afán inventado y se detuvo de golpe a pensar en a quién carajos iba llamar para agregarle un ángulo a la noticia; quería hacer entrevistas, tomar unas fotos, y sentarse a escribir metódicamente un artículo promedio para lectores desinteresados en la vida común y cíclica de los inmigrantes indocumentados. <<Semejante día tan bonito,>> se dijo a sí mismo Jay, <<Y yo persiguiendo esta noticia de mierda>>. Miró los pájaros arropados por el sol en las cuerdas de un poste y sintió el calor del verano que pateaba una primavera majadera y decadente. No supo qué lo puso a desnivel esa mañana de fin de Mayo, si tomarse un sorbo de café salobre al confundir el azúcar con la sal, o leer las últimas noticias de la narcoviolencia mexicana, o levantarse a escribir su propio asesinato. Lo que sí supo, sin embargo, fue que el teléfono que le compartió temprano ese día el director editorial era la primera pista a seguir para redactar su nota.

Tan pronto marcó el número en su teléfono se volteó a mirar una vez más los pájaros bajo el sol, y mientras los miraba fijamente, como quien mira una nube en forma de tortuga, el teléfono repicaba. Al otro lado de la línea contestó una mujer de voz amarga. Jay cerró un ojo para escoger mejor sus palabras, se presentó formalmente y preguntó por el nombre adjunto al teléfono. Hubo un gran silencio, interrumpido de golpe por la mujer hablando sin parar y entrecortada; Jay intentó decirle una y otra vez a esta mujer que no la escuchaba bien, que había problemas de conexión, pero ella seguía hablando cada vez más alto, en un crescendo alarmante, hasta llegar a una conclusión que Jay jamás escuchó, y que luego, así como este discurso sordo inició, también terminó. La mujer cortó la llamada y Jay no supo qué dijo. Pensó en llamarla de nuevo, pero dudó en hacerlo, ya que le pareció escucharla decir entre tanto vaivén que <<estoy cansada que me hablen>> y que <<yo no vuelvo a hablar con nadie>>. Pero todo buen periodista es necio, así que Jay la llamó una vez más. Nadie contestó. Esperó unos minutos y volvió a marcar el teléfono. Nadie contestó. Buscó los pájaros una vez más pero ya se habían perdido en el susurro oceánico del área metropolitana de Dallas. Jay recordó los pájaros tomando el sol en los cables, embelesando la mañana con sus cantos de dinosaurios diminutos, saludando al infinito sacudiendo las alas extendidas y luego tremolando encogidos como quien se sacude el polvo de la Luna. Jay se disgustó consigo mismo, nadie debía morir en una esquina, ni en este mundo real ni en el de la ficción de un periodista. Sintió la estática del error, o de haber cometido uno, y regresó a su casa con la parsimonia de una botella en el fondo del mar.

Encendió su tableta electrónica y coincidió con la llegada de un correo de su colega Rebecca Aguilar invitándolo a apoyarla en su candidatura como Vicepresidente de Internet del National Association of Hispanic Journalists. A Jay no pudo importarle menos la petición de Rebecca. Aun así redactó la carta de apoyo con la meticulosidad de un micrógrafo; no era cuestión de apoyarla, era cuestión de matar tiempo antes de volver a llamar a la mujer que se negaba a hablar con él. Redactando el mensaje, se acordó de un video creado por un anónimo sin huevos, que fue publicado en YouTube y que atacaba abiertamente a Russell Contreras, el actual Oficial Financiero de esa asociación de periodistas. Jay se tropezó con el video cuando Hugo Balta lo difuminó en Facebook, y al verlo encontró el ejercicio audiovisual un tanto vulgar, no con Russell, sino con los miembros de la organización. Jay no gusta de las negative campaigns, le parecen una hipérbole aburrida y sanguinaria, una convocación a remplazar las faltas humanas del pasado por las incertidumbres del futuro. <<¿Y la sociedad, qué?>>, se dijo a sí mismo poniéndose de pie y dando arranque a uno de sus tantos monólogos habituales fugaces, <<Buscan venderle una imagen a blanco y negro a los votantes. No hay grises, todo es un contraste pérfido>>, como en Alphaville. <<Yo voy a votar por quien me muestre los grises… ¿Pero los grises de quién?>>, se preguntó a sí mismo una vez más en tono bajo, sentándose, como un narrador omnisciente que cuestiona su saber. Tecleó su nombre e información como firma digital, envió la carta a los correos electrónicos que Rebecca le indicó, y se dispuso a llamar de nuevo a Alma Ramírez.

Es raro que a Jay no le hablen o lo desprecien. Las reservas que la gente tiene contra él no son nacidas de su personalidad sino de su tarea como periodista, así que Jay siempre muestra su lado humano antes de desembolsar la porra de su labor. <<Los periodistas son seres empecinados en la búsqueda de la verdad aunque sea por los medios de la mentira>>, se dijo alguna vez y desde entonces siempre recordaba la frase como una falacia curiosa; al señor Torres le costaba trabajo lidiar con aquel hombre noble de sus monólogos y aquel profesional arrollando palabras y entrevistas para luego publicarlas en el Diario La Estrella. Antes de cada párrafo, de cada inserción de datos vitales para sus historias, él piensa en sus personajes leyendo su reporte, se los imagina retorciendo el semblante, tanto en disgusto como en admiración, releyendo las partes sensibles y excusando los rellenos transicionales. Detrás de cada hecho hay un momento definido, lo mejor de nosotros se refleja en lo que hacemos, y es lo que los otros hacen lo que llama a Jay a insistir en Alma Ramírez. El plazo propuesto por su editor no estaba cerca, tenía aun horas para persuadir a Alma, para seguir las huellas de su historia, aunque fuera una historia despreciable, aunque le tocara lograrla por los medios de la mentira. En esta ocasión Alma contestó el teléfono, su voz apenas se escuchaba en la línea, y para ella ya nada importaba. Alma acababa de enterarse que a su esposo lo deportaron esa mañana; en su casa solo quedaba una pérdida irremediable. Raúl Flores se quedó deportado como Jay Torres se quedó muerto.

Jay entrevistó por teléfono a Alma, le hizo preguntas imbéciles que él mismo pudo haberlas respondido, pero que la naturaleza de su trabajo como reportero lo forzaba a plantearlas. Luego vino por inercia el desconcierto, los hechos que hacen del existencialismo pernicioso de los periodistas una forma de vida como ninguna otra. Jay escuchó por teléfono una explicación que Alma apenas pudo hacer concebible: a Raúl Flores lo deportaron solo de nombre porque Raúl Flores aun estaba en Estados Unidos, y fue su hermano gemelo, un ciudadano americano, el esposo de Alma, el que ocupó el lugar de su hermano para evitar lo inevitable. A Alma le pareció la estrategia de su esposo absurda y peligrosa. Que Alfonso Flores, su esposo, llegara a México y reportara una deportación ilegal reclamando que fue ignorada su ciudadanía, que en medio de la redada del servicio de inmigración se cambiara de afán los papeles con su hermano para darle una segunda oportunidad de seguir en la tierra donde es americano tener un sueño, que dejara sus hijos solos y sin quién pague los recibos para amparar a su carnal, que la dejara sola con tantas llamadas de los medios de comunicación preguntando tanta pendejada y ella sin saber qué decir y para qué y con los niños llorando en pañales embarrados, que se fuera y la dejara sola, repetía, y que Raúl se fuera de Texas para Oklahoma a escampar el horror de la verdad y la dejara sola así no más sin pensar. Y mientras Alma narraba su desgracia, Jay sonrió con sus ojos de la manera en que sonríen los reporteros cuando descubren que su asignación ya no es una historia de mierda sino un verdadero reportaje, una fábula real de este planeta.

Así fue como Jay Torres se involucró en la vida de los Ramírez y los Flores, escribiendo, desde la margen de la realidad de los inmigrantes del dos mil doce, una realidad que tanto se parece a la peregrina esperanza europea de hace doscientos años. Para entonces la mañana salpicaba las hojas de los árboles con joyas de luz, la brisa se detenía empañando el aire como un preludio, el prefacio de un verano más caliente que los ojos latinos de Alma, encerrada en la ironía del amor y del olvido. Ese fin de Mayo a Jay le pareció ya Junio, secándose el sudor de la cara, tocando con el revés de sus dedos su barba gris que no paraba de estorbarle las ideas, escribiendo mamarrachos, destemplándose los pantalones antes de sentarse a descubrir a fondo este destino de otros en un país en el que rugen los pros y los contras como dos trenes sin frenos en rieles eternos que jamás se encuentran. Jay vio el fin de su historia antes de escribirla. Tenía punto final, tan solo faltaba la obertura seguida por el heroísmo, la tragedia, el encanto de unos personajes reales poseídos por la furia de un destino que insisten en dominar sin riendas sueltas, mordiendo la mordaza hasta romperla, sentenciados a reconquistar lo conquistado en otros tiempos. Porque el muro de la frontera con México puede ser muy alto, pero las generaciones futuras habrán de recordarlo como un Berlín, y en la Red habrán de vender sus pedazos en cubos de cristal a dos noventa y nueve, y todas las embajadas estadounidenses tendrán uno expuesto como memoria inefable de nuestra historia americana. Jay vio el punto final, le faltaban solo las palabras iniciales. Se hizo una cita con Alma y ella lo esperó puntual en la puerta de su casa.

Referencias:

Diario La Estrella : www.diariolaestrella.com

Alphaville (1965), de Jean-Luc Godard: Alphaville

La División Digital en el Mundo de Batman y Robin

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Lo que hace de Batman un verdadero superhéroe es su carencia de superpoderes. Pocas creaciones en las tiras cómicas dependen tanto de la tecnología y la riqueza para lograr derrotar, en un mundo de inefable oscuridad, las fuerzas de la maldad y la avaricia. Batman necesita chaleco antibalas, poleas para trepar muros, una capa para planear en caída libre, un cinturón atestado de utensilios, automóviles para desplazarse por Ciudad Gótica, medicinas para apaciguar el dolor de sus heridas, y grandes sumas de dinero para solventar la maquinaria que hace posible su siniestro sistema de justicia. Si un día Batman quedase en la ruina, él no sería más poderoso que el comisionado Jim Gordon, Julián Rodríguez, o el lector de este artículo.

Batman no es nadie si no tiene acceso a la tecnología. Y hoy el mundo, en medio de una revolución digital, está dividido entre Batman y el comisionado Jim Gordon; entre los que tienen acceso a la tecnología y los que no lo tienen. Esta separación, esta zanja profunda, este océano de por medio, se conoce como la división digital, y la división digital en los grupos humanos representa, seguidamente, la diferencia entre la vida y la muerte.

Todos vivimos en el mundo de Batman y Robin, y cada cual adopta tecnologías de acuerdo a sus necesidades y capacidades. Hasta los chimpancés han logrado crear sus propias herramientas para alimentarse de larvas y extraer nueces. Pero en Ciudad Gótica necesitamos acceso a más que un palo y una piedra para vencer los obstáculos pérfidos de nuestro tiempo; en Ciudad Gótica necesitamos inversión en infraestructura y educación, y una fuente sólida de empleo e ingresos para tener acceso. Acceso a computadores y la red mundial, acceso a educación a distancia y en un salón de clase en nuestro pueblo, acceso a herramientas de exploración y creación equivalentes a aquellas empleadas en economías industrializadas, acceso a sistemas de gobierno receptivos, abiertos y en constante adaptación.

No busco inspirar a nadie con estas palabras pues la realidad es desmedidamente más lóbrega que estas notas. De acuerdo a las Naciones Unidas, más de un sexto de la población mundial no tiene acceso a agua potable, el recurso de mayor importancia para todo ser vivo. En este mundo de Batman y Robin, la pobreza reina, el amor se pone a prueba, y, a diario, lo único que nos salva del horror de la tragedia es la mano que no nos suelta, la certeza de los números, el silencio de una iglesia. Nuestro planeta es una gota de sangre que orbita a la espera del vuelco de las realidades irrazonables que forjan nuestras generaciones humanas. Y estamos trabajando en eso, no sin tropiezo.

Hans Rosling (2008), el creador de Gapmider World, afirma que <<el problema son las ideas preconcebidas>>. Las sociedades de occidente han sido entrenadas para pensar acerca del mundo en términos segregacionistas: ellos y nosotros; aquellos con esperanza de vida corta y familias numerosas, y nosotros con esperanza de vida larga y de familias pequeñas. Lo cierto es que la expectativa de vida de los países en vía de desarrollo ha cambiado en los últimos cincuenta años, y las estadísticas muestran que tanto la fertilidad como la esperanza de vida han logrado avanzar gracias a la implementación de sistemas que favorecen la educación, el desarrollo sanitario, y la creación de centros de salud. En otras palabras, se ha creado acceso a recursos que siguen el método científico para combatir las incertidumbres de una sociedad a merced de la adversidad. Para nivelar el campo de juego, tenemos primero que derrumbar las preconcepciones existentes en nuestras sociedades y entender que no vivimos en un mundo de “ellos y nosotros”, sino en un planeta donde es erróneo pensar que el océano es todavía una aventura para La Pinta, La Niña, y La Santa María.

Con similares palabras podemos describir el avispero tecnológico que hace posible nuestra vida en Ciudad Gótica. En medio de los chirridos del metal, el polvo de los edificios del mañana, y las palomas grises que adornan los tabernáculos del tiempo, se detienen los mortales a recibir y enviar mensajes usando diversas tecnologías para interceptar e intercambiar, en ese otro mundo digital, las realidades de carne y hueso que rigen los quehaceres del individuo de hoy.

La gran ventaja de tener acceso a nuestros nuevos medios de comunicación es que estos hacen parte de un movimiento ecualizador poderoso que, de ser usado apropiadamente, suple a la humanidad con un tsunami fastuoso de datos previamente secuestrados por el mundo análogo. Tener acceso a la información almacenada en la Red o a métodos de transferencia de archivos posibles gracias a esta, facilita el poder de adquisición de conocimientos y desarrollo de Ciudad Gótica. Sin embargo, el desafío de conectar a los desconectados está en la carencia de redes estructurales, iniciando por las redes eléctricas, que hacen posible que las favelas del mundo entren en el túnel mágico de los dígitos en línea.

Siempre he sido amigo de las imágenes y he encontrado en ellas una certidumbre que las bases de datos no pueden fácilmente humanizar. La división digital en el mundo de Batman y Robin está plenamente expresada en la fotografía del lado oscuro de nuestro planeta:

Esta fotografía de la NASA compuesta por más de 400 imágenes satelitales y titulada “Earth at Night”, visualiza las razones por las cuales el comisionado Jim Gordon necesita de Batman, e igualmente nos facilita entender por qué en Ciudad Gótica persisten crímenes de lesa humanidad. Las desigualdades sociales a nivel mundial son absolutas, y mientras en el lado oscuro de nuestro planeta prevalezcan las velas sobre las bombillas, nuestra sociedad siempre será un barquito de madera abandonado por el faro de la imaginación y la voluntad humanas.

Oscar Wilde escribió, <<If the poor only had profiles there would be no difficulty in solving the problem of poverty>>. Y es precisamente la carencia de perfiles, identidades y presencias lo que hace de las experiencias vividas en la pobreza una realidad fácil de ignorar cuando vivimos en países industrializados, copados de accesos y excesos. La pobreza es como la violencia, tiende a importarnos solo cuando se lleva todo lo amado de un solo garrotazo. Mentiría al decir que los pobres carecen de perfil, que los hombres sin acceso se han quedado varados trepando la montaña magnífica de la vida, o declarando que en el gran cabildo del ciberespacio solo rugen las palabras de unos pocos afortunados. La cara de la pobreza, esa que Oscar Wilde vio ausente en su mundo, hoy tiene un autorretrato en carboncillo en cada intersección de la Red Mundial. Hoy más del veinticinco por ciento de la población China usa internet, lo cual quiere decir que en China hay más personas en línea que la población total de los Estados Unidos de América; aun así, esos trescientos y más millones de chinos disfrutan amordazados del poder de la Red: Papá Estado arrulla a sus hijos mientras empuña el fuste del castigo en una de sus manos.

Me río a solas. Hablo de China como si en mi país no existieran desigualdades semejantes. Basta con visitar los barrios obreros de los Estados Unidos para encontrarnos con lo que no está. Hay un vacío palpable en las escuelas, una deficiencia educacional que aceptamos como el efecto de los bajos ingresos generados por una finca raíz paupérrima, y punto. Sin ver que, en estas escuelas, se cuecen los americanos del futuro.

El comisionado Jim Gordon enciende en las noches el proyector que llama al Hombre Murciélago… pero, inexplicablemente, a la mañana siguiente el comisionado falla en discernir que la solución no es convocar a Batman cada vez que un villano se le sale de las manos. En el dualismo de la causa y el efecto, Batman no debe ser el efecto de las realidades vividas en Ciudad Gótica; Batman, muy probablemente, es la causa: un encapuchado que goza de la libertad de su íntima justicia sanguinaria, gracias a las desigualdades que lo hacen posible.

La división digital fragmenta a las masas y deja impune a aquellos que, teniendo acceso, no incluyen o traen la revolución digital al lado oscuro de nuestro planeta. Espero algún día que este ser adverso, el Hombre Murciélago, se baje del batimóvil a oler el asfalto de la realidad, a mirar los ojos de los perros de hambre que ladran en las filas de la ignorancia, y a crear soluciones en Ciudad Gótica con las estadísticas del 2011 y no con el nacionalismo enfermizo de las preguerras.

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Referencias:

GapMinder: http://www.gapminder.org/videos/hans-rosling-ted-2006-debunking-myths-about-the-third-world/

Naciones Unidas: http://www.un.org/apps/news/story.asp?NewsID=35456&Cr=SANITATION&Cr1=

NASA: http://www.nasa.gov/topics/earth/earthday/gall_earth_night.html