James Holmes Somos Nosotros

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Los televidentes nos quedamos inanimados mirando las noticias, petrificados al enterarnos que un hombre entró a un teatro de cine y abrió fuego hiriendo fatalmente a la audiencia. Los televidentes, los radioescuchas, los lectores de los pocos periódicos sobrevivientes, se quedan inmovilizados en el ejercicio de su vida en posiciones cómicas bajo circunstancias de serio carácter. Pensaríamos que la audiencia se ha detenido a cavilar acerca de cómo estos eventos violentos se desenvolvieron y cómo podríamos prevenir actos semejantes en el futuro. Pensaríamos que el ser humano, al menos este que conocemos como ciudadano Americano, tendría la astucia de estudiar los orígenes de la violencia y resolver las debilidades de un sistema que poco regula la venta de las armas de fuego. Irónicamente, los actos violentos de gran impacto nacional incrementan las ventas de armas.

Cuando veo a James Holmes en la corte, no veo a un hombre a punto de ser ajusticiado. Cuando veo a Holmes, veo la consecuencia de nuestra propia ineptitud. Sano o insano, Holmes tiene el rostro de un sistema regulatorio ineficaz, superfluo, manipulado y vergonzoso. Holmes somos nosotros.

Se argumenta que las armas no matan gente, que solo la gente mata gente. Pero hay una gran diferencia entre enfrentarme con un cuchillo a una audiencia desarmada, a enfrentarme a una audiencia desarmada con un rifle de asalto, una escopeta y una pistola. Las armas largas fueron hechas para la guerra, para derrotar al enemigo en un campo de batalla. La guerra es la máquina histórica que ha revolucionado la forma en que entendemos el mundo, creamos estándares, fabricamos productos, y administramos logísticas. Las grandes tecnologías que hoy usamos se crearon primero para mejorar y mantener la maquinaria de la guerra: La comunicación por radio, los satélites, los vehículos terrestres y aéreos, la navegación, todo tipo de propulsión, los estándares en armamento bélico, la medicina, la comida enlatada, las autopistas interestatales. Pero de todas estas tecnologías, solo aquellas asociadas con las armas de fuego fueron cuidadosamente desarrolladas para destruir de manera eficiente y efectiva a otros seres humanos. Es fácilmente justificable el uso de satélites para mejorar la vida diaria de los ciudadanos, o el empleo de la ciencia en las aeronaves para desplazarnos a lugares remotos, pero las armas solo fueron hechas para la muerte.

Décadas antes que los ciudadanos tuviéramos acceso e hiciéramos uso del sistema de posicionamiento global (GPS), el ejército estadounidense ya lo estaba empleando en zonas de conflicto armado. Lo mismo puede decirse de todas las tecnologías de comunicación y los materiales que hoy empleamos a diario, desde el Kevlar hasta los hoy omnipresentes teléfonos inteligentes. Los efectos de la guerra fría nos dieron regalos que solo el apremio ideológico nos pudo dar, solo bastó que los soviéticos pusieran el primer satélite en órbita en 1953, Sputnik, para desatar el inicio de la Era Espacial, seguida por el auge de La Guerra de las Estrellas de Reagan. Solo un conflicto político de poder atómico logró poner un hombre en la Luna: nuestra especie depende de la amenaza que pone en peligro su existencia para emprender grandes aventuras. No hay mejor motivación que nuestra mortalidad.

Y como salvajes hemos vivido por milenios, angustiados por las armas que no tenemos. Porque no tener un arma mortal es no tener la razón absoluta. La razón la dictan los vivos, no los muertos.

Los defensores de las armas viven en un estado de intensa disonancia cognitiva, de incertidumbres tan profundas, que su vida y perfil político son definidos por un rifle de asalto. Para ellos no hay mundo perfecto, no hay sociedad ejemplar. Habrá siempre Holmes en nuestras comunidades, hombres y mujeres dispuestos a todo porque han perdido la capacidad de medir sus actos. Holmes somos nosotros y seguiremos siendo él hasta el día en que el sistema social logre entender que un fusil no está hecho para los ciudadanos, para los que vamos al supermercado a enterrarle las uñas a los tomates, para los que le revisamos el aire a las llantas del carro cada cambio de aceite, para los que cortamos el prado y sembramos rosas bajo el sol de Marzo, para los que sufrimos viendo American Idol y celebramos tomando cerveza contemplando el sol de los venados. Los rifles de asalto no son para los que enviamos mensajes de texto detrás de un volante ni para aquellos que encontramos difícil correlacionar la mala dieta con el sobrepeso. Las ametralladoras no son para los que nos doramos en las cámaras ultra violeta y compramos todo lo que no necesitamos con tarjetas de crédito que luego repagamos a los bancos rindiéndoles nuestra digna subsistencia.

La compra de armas largas es una medida de nuestras inseguridades personales, una apuesta a que todo lo que hoy nos hace un gran país se va a derrumbar y vamos a tener que matarnos los unos a los otros por una lata de sardinas.

¿Qué hacía Holmes con un AR15? ¿Qué sistema es este en el que proveemos las armas más precisas a los individuos más psicológicamente vulnerables? Holmes somos nosotros. Bien afirma el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, al decir que las armas de alto calibre no tienen espacio merecido en nuestra sociedad. Un asalto armado de las Fuerzas Especiales requiere liderazgo, entrenamiento, sincronización, dedicación, profesionalismo, claridad. ¿A quién vamos a asaltar los civiles con nuestros rifles .762 y con nuestros fusiles antiaéreos calibre .50?

El pasado viernes, 14 de Diciembre, la nación se dobló al enterarse de los hechos ocurridos en el pueblo de Newtown, Connecticut. El debate acerca de las armas de asalto y su función en nuestra sociedad hoy se aviva una vez más. Me pregunto si en el 2013 tendremos la capacidad intelectual de lidiar con este problema recurrente, o si el pesimismo y el capricho humano que nos hace adorar las armas de fuego podrán trancarle la puerta a la razón en la misma manera que lo ha venido haciendo por décadas; décadas que hoy le pueden sumar otras 28 víctimas a nuestra apatía vulgar.

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Cinco Frases Para Una Imagen

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Recuerdo las guayabas podridas bajo el sol tórrido de la una de la tarde, donde el aire del potrero era una amalgama de fruta y yerba cociéndose a fuego lento en una sopa de bichos, uno por uno hasta un trillón, vibrando al unísono y en celo, buscando esa otra generación de insectos que el verano reclamaba en medio de todo este pantano terrenal que de golpe y sin premisas se interrumpió, así lo recuerdo, con un disparo de escopeta, un calibre doce que cortó para siempre no solo el vuelo de los pájaros refugiados en las ramas sino también la memoria que hoy llevo dentro, hecha piedra, de un hombre que sonreía recogiendo patos muertos, tibios, recién fulminados por la metralla de un cazador certero, paciente y viejo, que no hizo más en su vida sino sumar a su tiempo lo que el tiempo le dio en experiencia y que yo, a mis pocos años y vestido con unas botas pantaneras azules, no entendía ni entendería hasta años más tarde cuando bajo el peso de mi propia caza, que manchaba mi camiseta de sangre roja como mi propia sangre, recordé el pasado, recordé aquel hombre alto, de cabello blanco, enseñándome el arte de los rifles, las municiones, y el escondite perfecto para sorprender los animales salvajes en una muestra de astucia humana que marcaba la diferencia entre la presa y el cazador, entre la comida y el hombre que cena de lo que hoy existe para que continuemos vivos como aquel disparo en mis neuronas que todavía hoy, a tres mil kilómetros de distancia y veintidós años después, me atormentó en el silencio de una ducha.

Bajo el peso de mi propia caza, que manchaba mi camiseta de sangre roja como mi propia sangre, recordé el pasado en que las guayabas podridas eran parte de la escena en que mi abuelo Rodolfo caminaba en medio de un calor denso que mareaba su silueta mientras sonreía, y su sonrisa se perdía en un placer semejante al placer que sentía yo en aquel día en que el sudor era una gota de frío en una tarde infernal que sentenció a media docena de patos migrantes a la intemperie macabra del plomo de la escopeta de Rodolfo, mi abuelo, un hombre que se movía lento a todos lados y llegaba primero que todos a todas partes, y que en todas partes sonreía tanto como él juzgaba con audacia y seriedad las situaciones más complejas con frases cortas, crudas, que solo podían tener peso si él las decía con su tabaco atravesándole la mordida y su voz ronca de buque hundiéndose, sentado en una silla cualquiera que siempre parecía no aguantarle su masa, con frases como <<Yo me hice viejo mirando la luna>> o una simple risa cortante y rápida, un <<¡Ja!>> que era la respuesta inmediata a algún error de juicio, de mala decisión tomada por alguno de sus once hijos, todos provenientes de la misma matriz, de un solo matrimonio que duró setenta y dos años y que al fin Dios logró acabarlo después de intentar una y otra vez en vano de cobrarle la vida a mi abuelo, probablemente tantas veces como el número de patos que él cazó aquella tarde de mosquitos veraniegos que no fueron capaces de distraerle su aguda puntería centrada en brillantes animales alados al final de su cañón de fuego.

Mi abuelo, un hombre que se movía lento a todos lados y llegaba primero que todos a todas partes, recogía los patos muertos, y a aquellos moribundos entre la maleza él les daba la justicia de morir sin mayor sufrimiento retorciéndoles el pescuezo en un solo movimiento calculado y perfecto, que cegaba los latidos pero no la sangre roja como mi sangre, que me manchaba la camiseta bajo el sol miles de días después, cargándolos en mi espalda amarrados de las patas en una línea de aves de hermosos colores ahora inanimadas por la estatua de la muerte, aunque para mi abuelo la muerte no fue ni el fin ni el medio, fue más una forma o un gesto, aunque a él no le gustó nunca ni la forma ni el gesto de la muerte porque acá siempre nos quedamos los vivos en la constante, mientras los idos se van dejando vacíos inmanejables, irreparables e innecesarios en la gran fórmula que somos.

Un solo movimiento calculado y perfecto que cegaba los latidos, en eso pensaba miles de días después detenido bajo el sol implacable, manchado de sangre de patos inanimados por el látigo del calibre doce, y en medio de aquel recuerdo el sopor me regaló el olor de la yerba y se robó el de las guayabas, pero pude hallarlas en la memoria, dibujar su hedor y ver sus semillas pálidas estrelladas y dispersas en el suelo, y pude ver en mis manos vacías las guayabas que recolecté con ellas aquella tarde lejana con mi abuelo y que disfrutamos sin importarnos los gusanos que en ellas crecían, <<Los gusanos nacen en la guayaba, comen guayaba, y saben a guayaba>>, decía Rodolfo sin dudar cada mordida mientras yo escuchaba sin dudar un segundo sus palabras, no había razón para dudar, al abuelo Rodolfo no se le dudaba ni corregía, no solo por respeto sino porque sus setenta y ocho años de edad evidenciaban que las guayabas del pasado no lo habían vencido y que al fin el Todopoderoso fue capaz de llevárselo a la fuerza antes del almuerzo en un mediodía de sus noventa y cinco años.

Pude hallarlas en la memoria, dibujar su hedor aun cuando es tan solo un olor, un olor a guayabas podridas bajo el sol tórrido de la una de la tarde, y poder ver de nuevo a mi abuelo y las semillas y los patos y la sangre y las sonrisas son unas de las tantas razones por las cuales no puedo vivir sin imágenes, reales o inventadas, porque para mí observar el mundo es el mejor periodismo, la mejor certidumbre de que existo, de que existimos a pesar de tantas pérdidas en la fórmula.