Venezuela: Después de Chávez… ¿Qué?

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

En Mayo del 2007 aterricé en la capital de Venezuela con la intención de responder una pregunta: ¿Qué es el socialismo del siglo veintiuno? Y veinte días después habría de venirme con una gran certeza: nadie sabe qué es el socialismo del siglo veintiuno, ni el mismo Chávez. Porque el socialismo del siglo veintiuno es solo una herramienta política que moviliza las masas para lograr cambios institucionales en Venezuela que, a la larga, terminan siendo otra burocracia no menos perversa que la anterior.

Yo era entonces un estudiante de maestría interesado en producir un documental acerca del socialismo del siglo veintiuno, un movimiento que parecía dibujar una forma de gobierno que había aprendido de los errores del pasado y se levantaba como un tsunami en contra de las desigualdades sociales con las herramientas económicas, políticas y sociales del nuevo siglo. Nada de eso era cierto entonces y no es cierto hoy; las sabandijas de ayer hoy son lagartijas de otro color. Y hoy Chávez ya no es, se lo llevó al más allá un cáncer de esos que interrumpen todo, hasta una revolución inventada por líderes inventados durante discursos de inventadas certezas. La propaganda montó a Chávez en cada rincón de Venezuela, en cada calle, en cada sombrero, camisa, hospital, bus, uniforme militar y barril de petróleo de PDVSA, y la fantasía de la propaganda se hundió en la realidad ineludible de nuestra vida frágil. Nunca debió morir Chávez, nunca debe un ser humano irse de este mundo de tan irónica manera: construir una revolución de rostro único, el rostro de Chávez detrás de su exhausto micrófono, y luego no más, se fue, y hoy Chávez ya no es.

¿Qué ha de venir después de Chávez? Lo mismo de siempre.

A Chávez lo van a montar en un caballo, le van a crear un busto de metal de poca originalidad en las plazas, van a usar su nombre a gusto los políticos advenedizos, y en las cartillas escolares aparecerá su retrato tricolor de un perfil redentor estoico contemporáneo. Y las masas lo seguirán. Porque no hay mejor estandarte que la imagen de un héroe muerto.

Cuando me bajé del avión me recibió un amigo del alma con una botella de whisky escocés, me dijo bienvenido a Venezuela, y nos fuimos tomando licor y creo que nunca dejamos de hacerlo hasta veinte días después en que en el aeropuerto un empleado de la aerolínea me preguntó cómo me había ido en Venezuela y le dije sin vacilar que nunca en mi vida había conocido gente que consumiera tanto alcohol a toda hora y en tan desastrosas cantidades. El empleado de la aerolínea sonrió lánguidamente y sacó de detrás del mostrador una cerveza que se estaba tomando en sus horas de trabajo.

Iba a Venezuela persiguiendo el socialismo del siglo veintiuno, y ya estando en tierra bolivariana me enteré que el gobierno planeaba revocarle la licencia de radiodifusión a Radio Caracas Televisión (RCTV), un servicio de comunicación que llevaba más de cincuenta años al aire y el cual era emblema de la televisión venezolana. Dado el ultimátum del estado, RCTV perdería su espacio en el espectro radioeléctrico el 27 de Mayo de 2007 a las 11:59 de la noche por haber sido encontrado culpable de participar en el golpe de estado que temporalmente removió a Hugo Chávez de la presidencia. Sin más, RCTV salió del aire a la hora indicada, no sin antes llorar hasta el último momento de su existencia la decisión del gobierno. Y después de unos segundos de señal muerta en el canal dos, TVes nació.

La noche en que RCTV se preparaba para entregarle la señal al gobierno, Caracas se hallaba bajo un duelo electrizante que hundía la ya oscura ciudad en gritos de huelga y líneas de guardas nacionales dispuestos a partirle el alma en dos al que se atreviera a lanzar una piedra. En medio de tanto lío, de tanta demostración inútil, estaba yo con mi cámara documentando los eventos del barrio Las Mercedes. Un encapuchado rompió la paz con un artefacto arrojado a los pies de la fuerza pública, y esta desató el látigo de su justicia tuerta: en las calles de Las Mercedes se retorcieron los civiles bajo balas de caucho que castigaban sin humanidad alguna a todo ser en su camino, pronto se escuchó la tos ferina de los primeros afectados por los gases lacrimógenos y vi la gente corriendo por las calles con la misma euforia de la pamplonada. Distraído por el afán de documentar, olvidé resguardarme del peligro y pronto me vi envuelto en el mismo gas que atormentaba a la multitud, y un respiro bastó para yo perder el uso de la razón. En alguna ocasión mi padre me habló acerca del gas lacrimógeno, de sus efectos exasperantes y de qué hacer en caso de ser expuesto a este… no me acordé de ninguno de sus consejos. Cuando nos exponemos al gas lacrimógeno, la vida se torna una masa de concreto que nos aplasta sin matarnos.

En medio de mi sepulcro en vida, una señora se me acercó con un pañuelo humedecido con vinagre y me dijo con voz de ángel que me cubriera la nariz y la boca con el pañuelo y respirara profundo… Y volví a mí mismo en unos cuantos minutos. Las filas de la fuerza pública habían avanzado hacia nosotros y ahora se encontraban a espera de nuevas órdenes. Quise regresar para hacer una toma desde la acera, me acerqué con cautela e hice unas tomas desde un lateral de la vía; fue entonces cuando otro periodista me tomó del brazo y me dijo con un tono determinante que la policía acababa de desenfundar las armas de fuego y que era mejor que me alejara. Al escuchar sus consejos, me devolví e hice algunas entrevistas con la gente agrupada cuadras abajo, y allí, mientras recolectaba reacciones, vi un grupo organizado de periodistas de Globovisión y Al Jazeera. Al unirme a las filas de los medios, me di cuenta que yo era el único periodista sin chaleco antibalas, casco de kevlar, rodilleras, guantes protectores y botas punta de acero. Me sentí vulnerable e ingenuo. Aun así, no tardé en identificar un acto de supervivencia básico para todos aquellos que cubren noticias de alto peligro a nivel mundial: cuando Al Jazeera huye corriendo, uno corre con ellos.

TVes nació y se alineó con docenas de estaciones de televisión y cientos de radio comunitarias. La ley venezolana de telecomunicaciones logró darle origen a todos estos medios de comunicación que antes no eran posibles bajo el marco legal. El estado, interesado en crear medios de comunicación masivos a favor del movimiento bolivariano, ofrece subsidios que aseguran el establecimiento y  funcionamiento de medios de comunicación que amplifican los mensajes oficiales en señales radioeléctricas de bajo poder pero de alta influencia municipal. Quisiera creer que los canales privados venezolanos no son vehículos abiertos de doctrinas en pro o en contra del poder bolivariano, pero la verdad es que el periodismo venezolano hoy es una cortina de parcialidad. O se ve a los líderes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) movilizando ríos de rojo, o se ve a Capriles marcando el compás de la oposición en busca de aquellos chavistas descontentos con la <<revolución>>.

Las razones que llevaron al Movimiento V República (MVR) al poder político son de una naturaleza muy sencilla: en 1997, en un país que posee una de las reservas de petróleo más grandes del mundo, el sesenta y siete por ciento de los venezolanos vivía bajo el nivel de pobreza. Punto.

Después de catorce años de Chávez, Venezuela tiene una nueva constitución, nuevas leyes de políticas unidireccionales, inflaciones descascarantes, control oficialista en la asamblea nacional, crisis de vivienda, beneficios médicos, misiones, nacionalizaciones, demostraciones, huelgas, fortalecimiento militar, armamentismo civil, volatilidad del dólar negro y oficial, alta inseguridad social, cambios en oferta y demanda del barril de petróleo,  bajas en la capacidad de explotación y refinamiento del petróleo, pérdida de recursos humanos y disminución de inversión extranjera, incremento en importaciones, debilitamiento de la industria nacional y extensa escasez de productos de la canasta familiar. Después de Chávez y después de todo, Nicolás Maduro. Lo mismo de siempre después de Hugo.

A corto plazo, no hay nada que perder si vivimos en la pobreza. Así que, de ganar las elecciones presidenciales, Maduro le prometió a los cerros venezolanos incrementar el salario mínimo hasta un 45 por ciento del actual. Las brasas retóricas del bloque oficialista, el sudor de los soldados alineados en Las Mercedes en espera de una orden, aquel espectro radioeléctrico que hoy divulga la buena nueva de un orador que ha hecho del petróleo vino, la herencia de un pueblo que hace una década decidió enfrentar a Goliat con una honda, no puede morir con la muerte:

Del sol de hoy al de mañana no hay nada que perder si mi estómago está vacío; no podemos perder la dignidad por dar nuestro voto a aquel que promete defender nuestra humanidad, y contrariar a Maduro, quien defiende el barrio de lodo en el que vivimos los pobres, es rendir con una venia nuestra libertad bolivariana; los pobres somos Simón de Cirene y oponernos a Maduro es dejar que Chávez cargue su cruz hasta el Gólgota. Porque todos somos Venezuela, todos tenemos un voto que halla fuerza en la suma de sus partes, esas partes humanas y reales, por tanto tiempo olvidadas, relegadas a su suerte esclava, ignorante y desechable.

Si Maduro ha de incrementar el salario mínimo, mi salario mínimo, entonces ¡No Volverán!

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