Aquel Telégrafo Llamado Facebook

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

A mediados del siglo veinte y durante sus dieciocho años cultivando tabaco en Colombia, mi abuelo Rodolfo, ayudado por familia y amigos, cosechó con sus manos, en uno de los lomos pedregosos y faustos de la cordillera nororiental de los Andes santandereanos, suficiente tabaco como para darle de fumar un cigarro a más de un millón de personas, el equivalente hoy en día a dos veces la población de Luxemburgo o la población entera de la ciudad de San José, California.

Mis abuelos crecieron en tiempos donde las noticias llegaban con el viento, la lluvia, el cultivo, y los viajeros. Mis padres crecieron en tiempos donde el telégrafo era aún un cable milagroso que galopaba palabras, letra por letra, de poste en poste, por las serranías impenetrables de Colombia. Y yo crecí en un país en donde todo medio de comunicación que fue revolucionario en su tiempo aún unía familias y concretaba negocios a distancia.

Varias veces por semana vi a mi padre redactar cartas en una máquina metálica pesada, de marca Remington. Su sonido fabril era de una belleza exquisita, y este me deleitaba por horas al son de la marcha magistral de los tipos arrollando el papel contra el rodillo. De vez en cuando, mientras mi padre hundía sus  dedos grandes y cuadrados en el teclado, el acto de redacción se veía interrumpido con un <<¡Jueputa!>> que nunca perdió sorpresa y temple, incluso después de décadas cometiendo similares errores mecanográficos. Las máquinas de escribir mecánicas poseían el poder de dar a cada palabra un sentido más certero, honesto y predecible; cada palabra era una obra de arte.

Hace un tiempo atrás mi padre me preguntó con expectativa: <<¿Julián, qué es Facebook?>>. Y Yo le contesté con una sola frase, en un contexto histórico que ambos compartimos: <<Es un directorio telefónico del siglo veintiuno>>. Mi explicación le llamó la atención puesto que hoy, en este tiempo en que escribo estas frases, existen pocas publicaciones más despreciables que un directorio telefónico estorbando en un rincón de la casa. Directorio telefónico que llega a nuestra puerta, directorio telefónico que se va a la basura en la misma bolsa en que llegó.

Yo crecí en un tiempo donde los directorios telefónicos se guardaban e idolatraban como enciclopedias británicas. Y el día en que el nuevo directorio telefónico llegaba a nuestra puerta, no solo nos cerciorábamos de estar listados correctamente en él, sino también le dejábamos saber al resto de la familia con un tono informativo que <<el nuevo directorio telefónico llegó hoy>>. Esos monstruos de cientos de páginas fueron usados en mi casa para hacer levantamiento de pesas, como apoyo para bajar tiestos fuera de nuestro alcance, y para que mi hermano me diera en la cabeza mientras yo jugaba a las canicas sobre las baldosas frías.

No era para menos que mi padre hallara interés en el tema. A diferencia del directorio telefónico, en Facebook yo decido instantáneamente qué información hago pública. En el caso del directorio telefónico, la información impresa se quedaba en el papel, y las actualizaciones llegaban, si bien, una vez al año. Si hubo un error tipográfico, si la dirección quedó con el número equivocado, si el teléfono listado ya está desconectado, si soy encontrado por el apellido materno o con el apellido de mi ex-esposo, había poco por hacer para solucionarlo. En los tiempos del directorio telefónico, si alguien quería encontrarme, sabía dónde buscarme. Y si en esta dirección yo ya no residía, algún vecino habría de dar información de mi paradero. Como en Facebook, el directorio telefónico podía pasar del júbilo a una maldición quimérica.

A veces, cuando son las cuatro y media de la madrugada y Morfeo me ha desterrado de su impávida gloria, pienso en medio de la oscuridad en la palabra privacidad. Pienso en lo indeseable que sería que un extraño irrumpiera a esas horas en mi cuarto llevando nada más que un sombrero azul, zapatos verdes, y una gran lupa con poderes clarividentes. Pienso en que este extraño me examina como si fuera un animal enfermo en una clínica veterinaria. Me siento asustado, expuesto, solo, y rumbo a la muerte. Pienso en el latido en mi pecho, en el momento exacto en que ya no respiro. Luego me imagino tomando un bordón medieval mágico y usándolo como definición última para defender mi privacidad. Jamás invité a este extraño a entrar a mi casa, pienso; merece ser achicharrado en medio de conjuros y destellos.

A veces, cuando son las cuatro y media de la tarde y los medios relinchan titulares que demonizan problemas de privacidad en Facebook, me asombro pensando que existe gente que se preocupa por mantener la privacidad de la información que se entregó voluntariamente sin pagar o cobrar un solo dólar a esta red social. Me pregunto, ¿qué podemos esperar de una agencia de publicidad que se enfoca en hacer dinero a base de los datos personales que proveemos voluntaria y comedidamente? Nuestra forma de pago es hacer uso de la red social y recibir publicidad demográficamente relevante. Facebook ha reducido a la capacidad de sus funciones a millones de seres. En el Muro estamos definidos por la insípida gracia de unas cuantas herramientas virtuales. No, esto último no es cierto.

Facebook ha dado poder a todos aquellos que saben usar sus herramientas. Es probable que usted, lector, haya llegado a esta nota por medio de Facebook; según la estadística de WordPress, nueve de cada diez lectores llegan a mi blog porque se enteraron de esta publicación por este medio. Y es que Facebook no es un lugar donde debemos estacionarnos como momias estupefactas; son en estas redes sociales donde se comparten los bits de nuestra era, el debate fornido de la causa y el efecto, donde la palabra, aunque no tenga ya la belleza impresa de la Remington de mi padre, llega más lejos que nunca jamás. Facebook no es el fin, sino el medio. Las jóvenes revoluciones en el medio oriente se encienden y organizan en los medios virtuales para luego ejecutar físicamente el acto de demanda frente a capitolios impecables rodeados de escuadrones militares, gases lacrimógenos, y cauchos en fuego. En los tiempos en que mi padre manifestaba en la universidad su efervescencia revolucionaria aventando piedras contra cuadrillas policiales, era común ensamblar una revuelta de cientos de encapuchados dispuestos a romperle la madre al Estado para asegurar mejores beneficios estudiantiles. Hoy, con la ayuda de Twitter y Facebook, se levantan países enteros a reclamar lo que les pertenece por ley o humanidad.

Las redes sociales son una herramienta, y cómo usamos estas para acortar distancias y concretar planes marca la diferencia entre el individuo de hoy y las mulas cargadas de tabaco que mi abuelo Rodolfo arreaba por valles y caseríos perdidos en un mundo de nadie. No me gusta hablar del pasado con nostalgia; no cambiaría mi tiempo por otro ya vivido y superado por otros hombres. Hoy es nuestro tiempo, y es nuestro deber darle a la sociedad del futuro razones suficientes para no añorar el pasado.

La democracia, y el voto popular ejercido bajo este sistema, alternativamente representan un poder romántico explotado por unos pocos apellidos sentados en la tortuga del poder. La democracia, tal y como la ejercemos hoy, no es suficiente. La economía de hoy, con sus desigualdades épicas y carnívoras, no es suficiente. Se necesita del poder ecualizador de la Red Mundial y sus redes electrónicas sociales para que el mundo análogo donde sangran soldados funcione para los civiles que plantan el sustento del planeta.

Aquellos que temen perder su privacidad en Facebook o Twitter o Google+ o LinkedIn, temen erróneamente porque creen que estos servicios abusan de su poder. Aunque lo anterior es una variable ineludible, creo firmemente que la naturaleza de nuestro temor reside en un mundo paralelo que nos negamos a reconocer: nuestra propia ignorancia. Cuando no sabemos nadar, lo que acelera nuestra muerte por ahogamiento es el miedo. Para empezar un viaje, para cruzar una frontera, para firmar un contrato, para exigirle a un gobierno, para robarle un beso a la miseria, primero hay que extraviar el miedo, y el miedo se vence con la espada bífida de la educación y la imaginación humana.

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