El Hospital de los Medios

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Los profesores somos jardineros permanentes, nos movemos de planta en planta, cortamos tallos y dispersamos semillas, damos a los arbustos el agua y arrancamos de raíz las malezas que tanto estorban la búsqueda de la razón. La ignorancia es un niño atrapado en un hoyo, y educarnos  es aprender a rescatarlo. La educación es un proceso realista, es un llamado a ver el mundo con los ojos de los números y la emoción de las certezas, es el acto de desmitificar el mundo usando la piedra de Rosetta del método científico. De todas las labores humanas, la mía es educar el periodista del mañana con las cifras del hoy.

Los profesores vivimos sitiados; la educación es prestada. Y aquel educador que no es estudiante, que no escucha, que no lee ávidamente, que no debate en voz alta, que no está en constante preocupación y que no investiga ni publica, llegará pronto al callejón donde mueren las ratas. Yo mido mi capacidad como educador no por las preguntas que puedo contestar, sino por aquellas que no me atrevo a responder. Cada semestre 88 estudiantes escuchan mis palabras, se guían con ellas en un cuarto oscuro, y me preguntan con tanto interés y energía, que me cuesta no llenar el silencio con respuestas. Pocas cosas me duelen y me alegran tanto como las preguntas que escucho. Me alegra responderlas de la manera más honesta que sé, me duele no poder responder esas tantas otras que llegan a mis oídos con o sin preludios. Para mí pocas cosas valen más que reconocer nuestros límites, entender que las preguntas deben ser respondidas solo por quienes son capaces de hacerles justicia alguna.

Ochenta y ocho estudiantes, todos me miran a los ojos, y en los ojos de mis estudiantes me veo. En algún momento una madre los trajo al mundo, uno por uno, y hoy me confían sus hijos. Me honra saber que alguien me ha encomendado tan importante obra; y es que mis estudiantes provienen de historias distintas, de geografías distantes, de culturas complejas. El ocho por ciento de los estudiantes de la Universidad de Texas en Arlington son estudiantes internacionales, el diez por ciento es de origen asiático, más del veinte por ciento es de raíces hispanas,  el quince por ciento es afroamericano, y casi un cincuenta por ciento es anglosajón. En esta sopa que hierve en el aula, cada condimento representa un reto.

En el huerto del Departamento de Comunicación aprendemos el arte del periodismo haciéndolo. Las facultades de periodismo deben ser hospitales donde los estudiantes diagnostican bajo supervisión los mensajes. La noticia a veces llega gravemente herida, llega al quirófano infectada de opiniones, con datos incompletos, perdiendo sangre inconteniblemente. La  noticia es una mujer que se nos muere en los brazos, y para salvarla de la luz de la muerte hay que aplicarle un torniquete factual, darle una inyección de adrenalina cronológica, sentarla en el libreto de última hora, y llevarla a la audiencia a través del tren taquicárdico de los medios masivos de comunicación. Los periodistas sabemos que la noticia está viva cuando los grandes intereses de un país piden a gritos una dosis de morfina.

El costo de los equipos audiovisuales digitales ha disminuido considerablemente en las últimas dos décadas, y el acceso a las redes digitales ha cambiado el horizonte económico, político y social del mundo. La revolución digital ha alterado el modus operandi de todas las industrias, y esto ha demandado cambios curriculares en los programas universitarios. Así como los diarios se han visto seriamente amenazados por la disminución de su circulación impresa, los programas de periodismo también han visto la relevancia de sus currículos sacudidos por este cataclismo. Un estudio reciente del Pew Research Center encontró que, aunque las noticias por televisión por cable aun lideran como parte de las fuentes de información para votantes, el medio que experimentó el mayor crecimiento como fuente de información para votantes fue la internet. Comparados con las cifras obtenidas en las pasadas elecciones presidenciales del 2008, los periódicos locales y nacionales también vieron un incremento como fuente de información de los votantes pero, aun así, hoy tan solo el 23 por ciento de los votantes reportaron usar los periódicos locales y el 13 por ciento los periódicos nacionales para informarse acerca de las campañas políticas del Presidente Obama y el Gobernador Romney. En el año dos mil el 9 por ciento de los votantes usaban la internet para obtener información; hoy el 36 por ciento de los votantes usan esta para informarse.

El tiempo en que los medios de comunicación tradicionales acaparaban la mayor influencia sobre la audiencia se ha venido derrumbando. Este cambio que han atravesado los medios tradicionales afecta directamente el currículo universitario y desafía las estructuras educacionales establecidas por décadas. La llegada de la Red Mundial ha forzado a los diarios a redefinirse y reorganizarse; es imposible que esto no influencie la forma en que enseñamos periodismo en las universidades, tanto el periodismo impreso como el audiovisual. Redefinirnos y reorganizarnos son actos complejos, especialmente cuando la redefinición y la reorganización de la industria de los medios de comunicación aun no han logrado consensos. Es por esto que las facultades de hoy educan estudiantes para trabajos que aun no existen o no tienen responsabilidades claramente establecidas.

El periodista del mañana está sentado en mi clase (seguidamente distraído por su teléfono inteligente), escuchándome como quien escucha una algarabía en la selva amazónica: proyecto estadísticas y contenido audiovisual, analizo estrategias de edición para poder lograr presentar la noticia antes de que se nos muera en el quirófano, hablo de trayectorias en la tecnología y discuto la importancia que juega dominar el lenguaje a la hora de escribir libretos. <<¡Cuéntenme una historia!>>, les suplico a los estudiantes. En el aula hablo de las nuevas redes electrónicas inalámbricas, de tendencias de contenido que atraen audiencias que difícilmente se monetizan, de las fantásticas, y a veces paradójicas, cualidades de resolución que gobiernan tanto el televisor de los hogares como los aparatos móviles,  de la influencia que mañana tendrán los sistemas de posicionamiento global en la manera que la noticia nos encuentra y el medio que usamos para consumirla… profeso a diario frente a los periodistas del futuro, les expongo el pasado para poner en contexto el presente y predecir lo que habrá de venir, intentando no caer en monólogos fuera de línea con las realidades de una sociedad que aun se arraiga a su radio de baterías cuando tormentas como Sandy se llevan todo al carajo.

En las horas de la mañana, mientras tomo café escuchando las noticias con la admiración de Nipper frente al fonógrafo, no deja de sorprenderme la calidad con la cual hemos logrado llevar las imágenes y los sonidos a nuestros hogares y nuestros bolsillos. Pero con cada sorbo de café evidencio cuanto nos falta por mejorar el mensaje, por presentarlo de manera desasociada con intereses de diversa naturaleza política. Hoy la omnipresencia y velocidad de distribución del contenido ha logrado vencer el proceso adecuado que hace de la noticia una herramienta social y no una metralla de opiniones baratas. La mujer se nos está muriendo en los brazos, y aunque hoy más que nunca se nos facilita montarla en el libreto y llevarla a la audiencia, los ciudadanos han perdido la confianza en los mensajes distribuidos por los medios de comunicación masivos, no con errado juicio. Esta es la pesadilla que a los profesores tanto nos revuelca en la cama.

Al final del semestre varios de mis estudiantes se visten de toga y birrete, celebran su título universitario con una sonrisa profunda como el horizonte en alta mar. Los miro, les leo los gestos, les sigo los pasos, y les doy un adiós que nunca ven ni verán de mí. Y se van. Se van los periodistas del futuro, hoy.

Referencias:

Pew Research Center: Internet Gains Most as Campaigns News Source But Cable TV Still Leads

The University of Texas at Arlington: Fast Facts

Pew Research Center: Press Widely Criticized, But Trusted More than Other Information Sources

Cinco Frases Para Una Imagen

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Recuerdo las guayabas podridas bajo el sol tórrido de la una de la tarde, donde el aire del potrero era una amalgama de fruta y yerba cociéndose a fuego lento en una sopa de bichos, uno por uno hasta un trillón, vibrando al unísono y en celo, buscando esa otra generación de insectos que el verano reclamaba en medio de todo este pantano terrenal que de golpe y sin premisas se interrumpió, así lo recuerdo, con un disparo de escopeta, un calibre doce que cortó para siempre no solo el vuelo de los pájaros refugiados en las ramas sino también la memoria que hoy llevo dentro, hecha piedra, de un hombre que sonreía recogiendo patos muertos, tibios, recién fulminados por la metralla de un cazador certero, paciente y viejo, que no hizo más en su vida sino sumar a su tiempo lo que el tiempo le dio en experiencia y que yo, a mis pocos años y vestido con unas botas pantaneras azules, no entendía ni entendería hasta años más tarde cuando bajo el peso de mi propia caza, que manchaba mi camiseta de sangre roja como mi propia sangre, recordé el pasado, recordé aquel hombre alto, de cabello blanco, enseñándome el arte de los rifles, las municiones, y el escondite perfecto para sorprender los animales salvajes en una muestra de astucia humana que marcaba la diferencia entre la presa y el cazador, entre la comida y el hombre que cena de lo que hoy existe para que continuemos vivos como aquel disparo en mis neuronas que todavía hoy, a tres mil kilómetros de distancia y veintidós años después, me atormentó en el silencio de una ducha.

Bajo el peso de mi propia caza, que manchaba mi camiseta de sangre roja como mi propia sangre, recordé el pasado en que las guayabas podridas eran parte de la escena en que mi abuelo Rodolfo caminaba en medio de un calor denso que mareaba su silueta mientras sonreía, y su sonrisa se perdía en un placer semejante al placer que sentía yo en aquel día en que el sudor era una gota de frío en una tarde infernal que sentenció a media docena de patos migrantes a la intemperie macabra del plomo de la escopeta de Rodolfo, mi abuelo, un hombre que se movía lento a todos lados y llegaba primero que todos a todas partes, y que en todas partes sonreía tanto como él juzgaba con audacia y seriedad las situaciones más complejas con frases cortas, crudas, que solo podían tener peso si él las decía con su tabaco atravesándole la mordida y su voz ronca de buque hundiéndose, sentado en una silla cualquiera que siempre parecía no aguantarle su masa, con frases como <<Yo me hice viejo mirando la luna>> o una simple risa cortante y rápida, un <<¡Ja!>> que era la respuesta inmediata a algún error de juicio, de mala decisión tomada por alguno de sus once hijos, todos provenientes de la misma matriz, de un solo matrimonio que duró setenta y dos años y que al fin Dios logró acabarlo después de intentar una y otra vez en vano de cobrarle la vida a mi abuelo, probablemente tantas veces como el número de patos que él cazó aquella tarde de mosquitos veraniegos que no fueron capaces de distraerle su aguda puntería centrada en brillantes animales alados al final de su cañón de fuego.

Mi abuelo, un hombre que se movía lento a todos lados y llegaba primero que todos a todas partes, recogía los patos muertos, y a aquellos moribundos entre la maleza él les daba la justicia de morir sin mayor sufrimiento retorciéndoles el pescuezo en un solo movimiento calculado y perfecto, que cegaba los latidos pero no la sangre roja como mi sangre, que me manchaba la camiseta bajo el sol miles de días después, cargándolos en mi espalda amarrados de las patas en una línea de aves de hermosos colores ahora inanimadas por la estatua de la muerte, aunque para mi abuelo la muerte no fue ni el fin ni el medio, fue más una forma o un gesto, aunque a él no le gustó nunca ni la forma ni el gesto de la muerte porque acá siempre nos quedamos los vivos en la constante, mientras los idos se van dejando vacíos inmanejables, irreparables e innecesarios en la gran fórmula que somos.

Un solo movimiento calculado y perfecto que cegaba los latidos, en eso pensaba miles de días después detenido bajo el sol implacable, manchado de sangre de patos inanimados por el látigo del calibre doce, y en medio de aquel recuerdo el sopor me regaló el olor de la yerba y se robó el de las guayabas, pero pude hallarlas en la memoria, dibujar su hedor y ver sus semillas pálidas estrelladas y dispersas en el suelo, y pude ver en mis manos vacías las guayabas que recolecté con ellas aquella tarde lejana con mi abuelo y que disfrutamos sin importarnos los gusanos que en ellas crecían, <<Los gusanos nacen en la guayaba, comen guayaba, y saben a guayaba>>, decía Rodolfo sin dudar cada mordida mientras yo escuchaba sin dudar un segundo sus palabras, no había razón para dudar, al abuelo Rodolfo no se le dudaba ni corregía, no solo por respeto sino porque sus setenta y ocho años de edad evidenciaban que las guayabas del pasado no lo habían vencido y que al fin el Todopoderoso fue capaz de llevárselo a la fuerza antes del almuerzo en un mediodía de sus noventa y cinco años.

Pude hallarlas en la memoria, dibujar su hedor aun cuando es tan solo un olor, un olor a guayabas podridas bajo el sol tórrido de la una de la tarde, y poder ver de nuevo a mi abuelo y las semillas y los patos y la sangre y las sonrisas son unas de las tantas razones por las cuales no puedo vivir sin imágenes, reales o inventadas, porque para mí observar el mundo es el mejor periodismo, la mejor certidumbre de que existo, de que existimos a pesar de tantas pérdidas en la fórmula.