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Palabras Para Una Mañana Sin Lluvia

Posted on December 16, 2011 by electromedios
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Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Al bajarme del carro ese lunes por la mañana, abrí el baúl y busqué el paraguas. Había visto la noche anterior el reporte del estado del tiempo y el meteorólogo pronosticó lluvia, tal y como lo confirmó mi aplicación móvil. Mientras caminaba por las aceras de la universidad con el paraguas bajo el brazo, el olor a tierra revuelta del alba me transportó quince años atrás en el tiempo. Me acordé de golpe de un poema que leí en Santa Fé de Bogotá en varias ocasiones, y aunque este poema nunca logró darme lo que otros pudieron con menos esfuerzo, recité uno de sus párrafos casi de memoria:

“Yo era uno de esos que nunca 
iba a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.”

 Así que caminaba esa mañana con un paraguas bajo el brazo y me pregunté, ¿Qué tan seguido salgo con un paraguas? La verdad, pocas veces me hallo cargando uno. Nunca he sido una persona de grandes precauciones, mucho menos cuando las incertidumbres meteorológicas, madres de versos y cantos del ayer, hoy son una certeza para un tercio de los usuarios de telefonía móvil en los Estados Unidos. No puedo concluir que más acceso a información móvil significa menos paraguas bajo el brazo, pero me atrevo a decir que más hombres y mujeres con acceso a información móvil equivalen a menos personas vencidas por la lluvia.  El poema también dice:

“Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.”

Creo que todas estas cosas hoy las hago más seguido que antes; a diario derivo en la Red y me encuentro con un planeta que antes me era distante y ajeno. La información en línea me ha llevado a conquistar esas cosas a las que la poesía me invita. He hecho más viajes, contemplado más auroras y crepúsculos, y, bueno, las montañas me falta por subirlas porque he vivido la mayor parte de mi tiempo en Nebraska y Texas. Ya llegará el día.

La versión en español de este poema termina diciendo:

“Pero ya ven, tengo 85 años…
y sé que me estoy muriendo.”

De acuerdo a la información disponible en diversas bases de datos de la salud mundial, el poeta que trajo estas frases al papel logró superar en su tiempo la esperanza de vida de la sociedad de más longevidad de hoy día. Aquellos nacidos en Japón, en este sol de las tres y veinticuatro de la tarde en que escribo, tienen una esperanza de vida de 83 años; los estadounidenses tienen una de 78, y los afganos una esperanza de vida de tan solo 48 años, dos años menos que los zimbabuenses. Ya quisiéramos haber nacido para ver 85 Marzos y disfrutar de una lucidez mental tan meridiana como la del escritor que se estrelló con estas letras. Bueno, la verdad, se argumenta que nadie se estrelló con estas letras; no existe total certeza de quién escribió estos últimos deseos de volver al inicio para hacer lo que nunca hizo. El escrito se le ha adjudicado erróneamente a varios artistas, entre otros, al escritor argentino Jorge Luis Borges, a una poetisa norteamericana, Nadine Stair, que parece nunca haber existido, y a un caricaturista norteamericano de nombre Don Herold. De acuerdo a conclusiones del Centro Borges de la Universidad de Pittsburgh y el Centro Cultural Borges de Buenos Aires, el escrito es una bola de nieve de traducciones hechas en tiempos distintos por manos diferentes. Y, para serles sincero, me importa poco saber quién escribió estas líneas; el poema es un grito, una anotación melancólica que igualmente me la hubiera podido recitar con la mano en el corazón mi padrino Álvaro en medio de una de sus borracheras épicas. Pero si de nadie es obra este escrito, si su autor son varios y ninguno, entonces la supuesta Nadine Stair merece su autoría.

Así que esa mañana andaba con un paraguas bajo el brazo, y nunca lo abrí. Ni una chispa de agua destiló del cielo: los cuervos se cebaban en los prados, a lo lejos resonaban las sirenas del cuerpo de bomberos, los estudiantes caminaban afligidos por las responsabilidades que no cumplieron, el polvo de la niebla enfrascaba los edificios como un río se abre paso entre las piedras, los árboles temblaban bajo el desamparo de un otoño que no les perdonaba ni una hoja, y yo me deslizaba como el más pérfido culpable sobre las aceras aceitadas por el rocío de la madrugada. Nunca abrí mi paraguas, pero vi a otros templarlos con el agobio de quien predice una tormenta bíblica. Quizás aquellos que se escondieron bajo la sombrilla no leyeron nunca el poema refundido de Nadine Stair. Quizás aquellos que falsamente derrotaron una tormenta que nunca fue, escucharon el pronóstico de los meteorólogos y confirmaron sus palabras con su teléfono inteligente, se olvidaron de mirar al cielo o jamás aprendieron a identificar el tufo de la lluvia dibujado en el viento. A lo mejor, entre tantos, fui de los pocos que aprendió a leer las nubes sin tanto aparato metido en los bolsillos y tanto ruido innecesario de la tele.

Al cruzar la única calle que me dividía geográficamente de mi puesto de trabajo, sentí que todo lo que vivo lo vivo para recordarlo, y que lo que recuerdo termina pareciéndose muy poco a lo que realmente viví. Soy esclavo de mi desubicada memoria. ¿Cómo es posible que recuerde tan insípido poema en tan hermosa mañana? De tantos poemas y versos que leí, tanto con desprecio como júbilo, recordé este de Nadine Stair. Creo que la culpable es mi tía Esther Becerra. Ella solía tener este poema pegado con cinta adhesiva en una puerta de su closet. Me pregunto si aún lo tiene guardado en algún lado. Lo dudo. Mi tía Esther nunca ha tenido la debilidad de guardar para la posteridad pequeñas cosas como esta. Seguramente, cuando se mudó de Santa Fé de Bogotá para Bucaramanga, lo arrancó de la puerta sin cuidado alguno, decidida a volver a la tierra que siempre le fue suya y que dejó por causas de un amor eterno que terminó apagándose años después en el silencio de la mentira. Sí, mi tía Esther es la culpable. Y es también culpable de adjudicar ciegamente este poema a Jorge Luis Borges. Cuando leí por vez primera este poema, lo leí con la voz de Borges, y aunque poco se pareció a su forma de decir las cosas, no cuestioné su veracidad: en el papel se le adjudicaba a Borges y eso me bastó, eso nos bastó a los dos.

En una noche de vinos, mi suegra Elsa Rueda y yo tuvimos una confrontación seria mientras discutíamos si los poemas le pertenecen al poeta o a quien los lee. Yo argumenté que es quien los lee el que ve en las frases el propósito y el sentido, y que es el lector el dueño de un poema. Ella argumentó que es el poeta el dueño de su poesía porque es éste el que logra lo que dice como ningún otro puede hacerlo. Mi esposa escuchaba desinteresada; ella nunca anticipó una respuesta a la pregunta en argumento, y, la verdad, solo veía a dos personas poseídas por las ganas de hablar después de dos botellas de vino. Al final de la noche, terminamos escuchando música y olvidándonos de todo lo dicho. Sin embargo, aún mucho tiempo después de esta conversación y cuando se presenta la oportunidad precisa, le recuerdo a Elsita con un gruñido que los poemas son de quien los lee.

“Para que las palabras y sus sentidos comprueben su existencia
Se necesita espantarles las sombras,
Las páginas numeradas,
Los viejos y nuevos armarios que las archivan
Cobardemente expuestas como animales salvajes doblados por rejos.”

Esa mañana en que caminaba en un día sin lluvia y con un paraguas bajo el brazo, quise decirme a mí mismo que yo solía ser otro, y que ese otro quiso ser distinto a mis treinta y tres años. Ese otro no pensó que en el futuro yo caminaría lentamente por los laberintos de una universidad en busca de explicaciones que muy poco dicen qué carajos vendrá mañana cuando tenga cincuenta años. Ese otro es muy parecido a este, tiene igual el rostro, pero poco sabe del tiempo y sus jugadas, sus jaques mates. En el ajedrez de las siete de la mañana de ese día, un paraguas bajo el brazo fue la jugada que justificó volver al pasado para superar errores escondidos o lecciones olvidadas en los versos archivados en la biblioteca infame de mi memoria.

Al cruzar la calle me detuve y levanté la mirada. En esa mañana sin lluvia, asocié el óleo Rainy Day del pintor francés Gustave Caillebotte con la población estudiantil resguardada bajo sus paraguas negros. La gran diferencia entre los personajes de Rainy Day y los estudiantes, es que los estudiantes no contemplaban el día sino la pantalla brillante de los aparatitos 3G que hoy definen nuestro mundo. Si a sus 85 años Nadine Stair hubiera visto lo que esa mañana yo ví, si Gustave Caillebotte hubiera visto en 1877 lo que ví esa mañana, si yo nunca hubiera buscado esa mañana el paraguas en el baúl de mi carro, ¿qué hubiera sido de estas pequeñas cosas que nos atormentaron a los tres?

Esa tarde, mientras caminaba al parqueadero después de mis labores académicas, llovió y no fui vencido por la lluvia. Para entonces ya no me importaban los versos, ni los paraguas negros, ni las aplicaciones móviles, ni el vaho residual de la niebla texana. En las horas de la tarde cuando regreso a casa solo me importan unas pocas cosas simples de esencial naturaleza: llegar a mi hogar, besar a mi esposa, perseguir a mi gato por toda la casa,  leer un libro, y sentarme a ver The Big Bang Theory.

.

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***

Referencias:

* Centro Borges, University of Pittsburgh:

  • Iván Almeida: Jorge Luis Borges, autor del poema “Instantes”
* Centro Cultural Borges, Buenos Aires, Argentina.
.
Rainy Day por Gustave Caillebotte, 1877

Rainy Day por Gustave Caillebotte, 1877

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