Cinco Frases Para Una Imagen

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

Recuerdo las guayabas podridas bajo el sol tórrido de la una de la tarde, donde el aire del potrero era una amalgama de fruta y yerba cociéndose a fuego lento en una sopa de bichos, uno por uno hasta un trillón, vibrando al unísono y en celo, buscando esa otra generación de insectos que el verano reclamaba en medio de todo este pantano terrenal que de golpe y sin premisas se interrumpió, así lo recuerdo, con un disparo de escopeta, un calibre doce que cortó para siempre no solo el vuelo de los pájaros refugiados en las ramas sino también la memoria que hoy llevo dentro, hecha piedra, de un hombre que sonreía recogiendo patos muertos, tibios, recién fulminados por la metralla de un cazador certero, paciente y viejo, que no hizo más en su vida sino sumar a su tiempo lo que el tiempo le dio en experiencia y que yo, a mis pocos años y vestido con unas botas pantaneras azules, no entendía ni entendería hasta años más tarde cuando bajo el peso de mi propia caza, que manchaba mi camiseta de sangre roja como mi propia sangre, recordé el pasado, recordé aquel hombre alto, de cabello blanco, enseñándome el arte de los rifles, las municiones, y el escondite perfecto para sorprender los animales salvajes en una muestra de astucia humana que marcaba la diferencia entre la presa y el cazador, entre la comida y el hombre que cena de lo que hoy existe para que continuemos vivos como aquel disparo en mis neuronas que todavía hoy, a tres mil kilómetros de distancia y veintidós años después, me atormentó en el silencio de una ducha.

Bajo el peso de mi propia caza, que manchaba mi camiseta de sangre roja como mi propia sangre, recordé el pasado en que las guayabas podridas eran parte de la escena en que mi abuelo Rodolfo caminaba en medio de un calor denso que mareaba su silueta mientras sonreía, y su sonrisa se perdía en un placer semejante al placer que sentía yo en aquel día en que el sudor era una gota de frío en una tarde infernal que sentenció a media docena de patos migrantes a la intemperie macabra del plomo de la escopeta de Rodolfo, mi abuelo, un hombre que se movía lento a todos lados y llegaba primero que todos a todas partes, y que en todas partes sonreía tanto como él juzgaba con audacia y seriedad las situaciones más complejas con frases cortas, crudas, que solo podían tener peso si él las decía con su tabaco atravesándole la mordida y su voz ronca de buque hundiéndose, sentado en una silla cualquiera que siempre parecía no aguantarle su masa, con frases como <<Yo me hice viejo mirando la luna>> o una simple risa cortante y rápida, un <<¡Ja!>> que era la respuesta inmediata a algún error de juicio, de mala decisión tomada por alguno de sus once hijos, todos provenientes de la misma matriz, de un solo matrimonio que duró setenta y dos años y que al fin Dios logró acabarlo después de intentar una y otra vez en vano de cobrarle la vida a mi abuelo, probablemente tantas veces como el número de patos que él cazó aquella tarde de mosquitos veraniegos que no fueron capaces de distraerle su aguda puntería centrada en brillantes animales alados al final de su cañón de fuego.

Mi abuelo, un hombre que se movía lento a todos lados y llegaba primero que todos a todas partes, recogía los patos muertos, y a aquellos moribundos entre la maleza él les daba la justicia de morir sin mayor sufrimiento retorciéndoles el pescuezo en un solo movimiento calculado y perfecto, que cegaba los latidos pero no la sangre roja como mi sangre, que me manchaba la camiseta bajo el sol miles de días después, cargándolos en mi espalda amarrados de las patas en una línea de aves de hermosos colores ahora inanimadas por la estatua de la muerte, aunque para mi abuelo la muerte no fue ni el fin ni el medio, fue más una forma o un gesto, aunque a él no le gustó nunca ni la forma ni el gesto de la muerte porque acá siempre nos quedamos los vivos en la constante, mientras los idos se van dejando vacíos inmanejables, irreparables e innecesarios en la gran fórmula que somos.

Un solo movimiento calculado y perfecto que cegaba los latidos, en eso pensaba miles de días después detenido bajo el sol implacable, manchado de sangre de patos inanimados por el látigo del calibre doce, y en medio de aquel recuerdo el sopor me regaló el olor de la yerba y se robó el de las guayabas, pero pude hallarlas en la memoria, dibujar su hedor y ver sus semillas pálidas estrelladas y dispersas en el suelo, y pude ver en mis manos vacías las guayabas que recolecté con ellas aquella tarde lejana con mi abuelo y que disfrutamos sin importarnos los gusanos que en ellas crecían, <<Los gusanos nacen en la guayaba, comen guayaba, y saben a guayaba>>, decía Rodolfo sin dudar cada mordida mientras yo escuchaba sin dudar un segundo sus palabras, no había razón para dudar, al abuelo Rodolfo no se le dudaba ni corregía, no solo por respeto sino porque sus setenta y ocho años de edad evidenciaban que las guayabas del pasado no lo habían vencido y que al fin el Todopoderoso fue capaz de llevárselo a la fuerza antes del almuerzo en un mediodía de sus noventa y cinco años.

Pude hallarlas en la memoria, dibujar su hedor aun cuando es tan solo un olor, un olor a guayabas podridas bajo el sol tórrido de la una de la tarde, y poder ver de nuevo a mi abuelo y las semillas y los patos y la sangre y las sonrisas son unas de las tantas razones por las cuales no puedo vivir sin imágenes, reales o inventadas, porque para mí observar el mundo es el mejor periodismo, la mejor certidumbre de que existo, de que existimos a pesar de tantas pérdidas en la fórmula.

Aquel Telégrafo Llamado Facebook

Por Julián Rodríguez, ElectroMedios.com

A mediados del siglo veinte y durante sus dieciocho años cultivando tabaco en Colombia, mi abuelo Rodolfo, ayudado por familia y amigos, cosechó con sus manos, en uno de los lomos pedregosos y faustos de la cordillera nororiental de los Andes santandereanos, suficiente tabaco como para darle de fumar un cigarro a más de un millón de personas, el equivalente hoy en día a dos veces la población de Luxemburgo o la población entera de la ciudad de San José, California.

Mis abuelos crecieron en tiempos donde las noticias llegaban con el viento, la lluvia, el cultivo, y los viajeros. Mis padres crecieron en tiempos donde el telégrafo era aún un cable milagroso que galopaba palabras, letra por letra, de poste en poste, por las serranías impenetrables de Colombia. Y yo crecí en un país en donde todo medio de comunicación que fue revolucionario en su tiempo aún unía familias y concretaba negocios a distancia.

Varias veces por semana vi a mi padre redactar cartas en una máquina metálica pesada, de marca Remington. Su sonido fabril era de una belleza exquisita, y este me deleitaba por horas al son de la marcha magistral de los tipos arrollando el papel contra el rodillo. De vez en cuando, mientras mi padre hundía sus  dedos grandes y cuadrados en el teclado, el acto de redacción se veía interrumpido con un <<¡Jueputa!>> que nunca perdió sorpresa y temple, incluso después de décadas cometiendo similares errores mecanográficos. Las máquinas de escribir mecánicas poseían el poder de dar a cada palabra un sentido más certero, honesto y predecible; cada palabra era una obra de arte.

Hace un tiempo atrás mi padre me preguntó con expectativa: <<¿Julián, qué es Facebook?>>. Y Yo le contesté con una sola frase, en un contexto histórico que ambos compartimos: <<Es un directorio telefónico del siglo veintiuno>>. Mi explicación le llamó la atención puesto que hoy, en este tiempo en que escribo estas frases, existen pocas publicaciones más despreciables que un directorio telefónico estorbando en un rincón de la casa. Directorio telefónico que llega a nuestra puerta, directorio telefónico que se va a la basura en la misma bolsa en que llegó.

Yo crecí en un tiempo donde los directorios telefónicos se guardaban e idolatraban como enciclopedias británicas. Y el día en que el nuevo directorio telefónico llegaba a nuestra puerta, no solo nos cerciorábamos de estar listados correctamente en él, sino también le dejábamos saber al resto de la familia con un tono informativo que <<el nuevo directorio telefónico llegó hoy>>. Esos monstruos de cientos de páginas fueron usados en mi casa para hacer levantamiento de pesas, como apoyo para bajar tiestos fuera de nuestro alcance, y para que mi hermano me diera en la cabeza mientras yo jugaba a las canicas sobre las baldosas frías.

No era para menos que mi padre hallara interés en el tema. A diferencia del directorio telefónico, en Facebook yo decido instantáneamente qué información hago pública. En el caso del directorio telefónico, la información impresa se quedaba en el papel, y las actualizaciones llegaban, si bien, una vez al año. Si hubo un error tipográfico, si la dirección quedó con el número equivocado, si el teléfono listado ya está desconectado, si soy encontrado por el apellido materno o con el apellido de mi ex-esposo, había poco por hacer para solucionarlo. En los tiempos del directorio telefónico, si alguien quería encontrarme, sabía dónde buscarme. Y si en esta dirección yo ya no residía, algún vecino habría de dar información de mi paradero. Como en Facebook, el directorio telefónico podía pasar del júbilo a una maldición quimérica.

A veces, cuando son las cuatro y media de la madrugada y Morfeo me ha desterrado de su impávida gloria, pienso en medio de la oscuridad en la palabra privacidad. Pienso en lo indeseable que sería que un extraño irrumpiera a esas horas en mi cuarto llevando nada más que un sombrero azul, zapatos verdes, y una gran lupa con poderes clarividentes. Pienso en que este extraño me examina como si fuera un animal enfermo en una clínica veterinaria. Me siento asustado, expuesto, solo, y rumbo a la muerte. Pienso en el latido en mi pecho, en el momento exacto en que ya no respiro. Luego me imagino tomando un bordón medieval mágico y usándolo como definición última para defender mi privacidad. Jamás invité a este extraño a entrar a mi casa, pienso; merece ser achicharrado en medio de conjuros y destellos.

A veces, cuando son las cuatro y media de la tarde y los medios relinchan titulares que demonizan problemas de privacidad en Facebook, me asombro pensando que existe gente que se preocupa por mantener la privacidad de la información que se entregó voluntariamente sin pagar o cobrar un solo dólar a esta red social. Me pregunto, ¿qué podemos esperar de una agencia de publicidad que se enfoca en hacer dinero a base de los datos personales que proveemos voluntaria y comedidamente? Nuestra forma de pago es hacer uso de la red social y recibir publicidad demográficamente relevante. Facebook ha reducido a la capacidad de sus funciones a millones de seres. En el Muro estamos definidos por la insípida gracia de unas cuantas herramientas virtuales. No, esto último no es cierto.

Facebook ha dado poder a todos aquellos que saben usar sus herramientas. Es probable que usted, lector, haya llegado a esta nota por medio de Facebook; según la estadística de WordPress, nueve de cada diez lectores llegan a mi blog porque se enteraron de esta publicación por este medio. Y es que Facebook no es un lugar donde debemos estacionarnos como momias estupefactas; son en estas redes sociales donde se comparten los bits de nuestra era, el debate fornido de la causa y el efecto, donde la palabra, aunque no tenga ya la belleza impresa de la Remington de mi padre, llega más lejos que nunca jamás. Facebook no es el fin, sino el medio. Las jóvenes revoluciones en el medio oriente se encienden y organizan en los medios virtuales para luego ejecutar físicamente el acto de demanda frente a capitolios impecables rodeados de escuadrones militares, gases lacrimógenos, y cauchos en fuego. En los tiempos en que mi padre manifestaba en la universidad su efervescencia revolucionaria aventando piedras contra cuadrillas policiales, era común ensamblar una revuelta de cientos de encapuchados dispuestos a romperle la madre al Estado para asegurar mejores beneficios estudiantiles. Hoy, con la ayuda de Twitter y Facebook, se levantan países enteros a reclamar lo que les pertenece por ley o humanidad.

Las redes sociales son una herramienta, y cómo usamos estas para acortar distancias y concretar planes marca la diferencia entre el individuo de hoy y las mulas cargadas de tabaco que mi abuelo Rodolfo arreaba por valles y caseríos perdidos en un mundo de nadie. No me gusta hablar del pasado con nostalgia; no cambiaría mi tiempo por otro ya vivido y superado por otros hombres. Hoy es nuestro tiempo, y es nuestro deber darle a la sociedad del futuro razones suficientes para no añorar el pasado.

La democracia, y el voto popular ejercido bajo este sistema, alternativamente representan un poder romántico explotado por unos pocos apellidos sentados en la tortuga del poder. La democracia, tal y como la ejercemos hoy, no es suficiente. La economía de hoy, con sus desigualdades épicas y carnívoras, no es suficiente. Se necesita del poder ecualizador de la Red Mundial y sus redes electrónicas sociales para que el mundo análogo donde sangran soldados funcione para los civiles que plantan el sustento del planeta.

Aquellos que temen perder su privacidad en Facebook o Twitter o Google+ o LinkedIn, temen erróneamente porque creen que estos servicios abusan de su poder. Aunque lo anterior es una variable ineludible, creo firmemente que la naturaleza de nuestro temor reside en un mundo paralelo que nos negamos a reconocer: nuestra propia ignorancia. Cuando no sabemos nadar, lo que acelera nuestra muerte por ahogamiento es el miedo. Para empezar un viaje, para cruzar una frontera, para firmar un contrato, para exigirle a un gobierno, para robarle un beso a la miseria, primero hay que extraviar el miedo, y el miedo se vence con la espada bífida de la educación y la imaginación humana.